Película: Que el cielo la juzgue John M. Stahl fue casi uno de los pioneros del cine. Y digo casi porque empezó a hacer cine en 1914, más o menos en las fechas en las que David Wark Griffith inventó el lenguaje cinematográfico básico en El nacimiento de una nación e Intolerancia. Sin llegar a la proteica capacidad inventiva de Griffith (al que el cine le debe un reconocimiento como el que le ha tributado La invención de Hugo a Georges Méliès), Stahl fue un cineasta notable que descolló sobre todo durante las décadas de los treinta y los cuarenta en densos melodramas que supo dirigir como buen pulso, sirviendo como aventajado precursor del cineasta del melodrama USA por antonomasia de los cincuenta, Douglas Sirk. De esta forma, Stahl hizo filmes como Imitación a la vida, Sublime obsesión o Débil es la carne, mientras que Sirk, apenas unos años más tarde, realizaría otros melodramas aún más redondos, con títulos como Obsesión (curiosamente nueva versión de la mentada Sublime obsesión de Stahl), Sólo el cielo lo sabeEscrito sobre el viento o Tiempo de amar, tiempo de morir, dando lugar a la edad de oro del género en los Estados Unidos.

En Que el cielo la juzgue Stahl lleva a la pantalla la novela homónima de Ben Ames Williams, un sórdido melodrama de sin embargo hermosa envoltura y elegante localización, en la que una mujer, bajo el signo del complejo de Electra (ya saben, la hija que ama al padre; y no estamos hablando de amor paterno-filial…), concibe un amor desmesurado por un hombre cuyo rostro tiene un extraordinario parecido con el de su progenitor, recién fallecido. A partir de ahí, cualquiera que se interponga (o ella crea que se interponga) entre ella y su amor será objeto de su ira; no importa que sea su cuñado inválido, su propio hijo, su hermana adoptiva, ella misma. Estará arrebatada sin redención por una mezquina obsesión, y todo en su vida, pero también en su muerte, estará dirigido a torpedear cualquier clase de veleidad, siquiera imaginada, que su esposo pudiera tener con otra persona que no fuera ella.

Obra densa y a ratos difícil de soportar por la iniquidad de la protagonista, Que el cielo la juzgue es un drama quintaesenciado, una dura muestra de los estragos a los que puede conducir un amor desmesurado, un amor que pierde la noción de sus propios límites para convertirse en algo total, donde no cabe otra cosa que el amado y, sobre todo, su propiedad, sin admitir sombra alguna de peligro hacia esa pertenencia que (es cierto) cosifica el amor hasta convertirlo en poco menos que el tesoro de Harpagón.

Gran trabajo de Gene Tierney, la bellísima, inolvidable protagonista de Laura; más débil resulta Cornel Wilde, que nunca fue un gran actor, si bien hay que reconocerle que da físicamente el personaje del guapo escritor atribulado por el amor excesivo de una mujer que lo asfixia.

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110'

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Que el cielo la juzgue - by , Apr 08, 2012
3 / 5 stars
Mezquina obsesión