Película: Que se mueran los feos

Seguramente era inevitable: tras el éxito comercial (más de cinco millones de euros de recaudación, lo que en España es una excelente cifra para un producto nacional) hace un par de años de Fuera de carta, Nacho G. Velilla, director y guionista de aquel guisote indigesto, vuelve a la carga, ahora a un universo rural (donde antes era un universo de cocinillas “modelnos”), para plantear otra historia de amores y desamores, bajo el convencional esquema del chico-encuentra-chica, etc., aunque en este caso la novedad sea que el chico es más feo que Picio y la chica no es precisamente Marilyn Monroe (y perdón por la forma de señalar…).


Que se mueran los feos volverá a tener buenas recaudaciones, como ya lo hizo Fuera de..., sobre todo porque ha contado con una campaña desorbitada, facilitada por su coproductora, la cadena televisiva Antena 3, pero no cumplirá, realmente su objetivo, que debería ser que el público que asiste a sus proyecciones se divierta de verdad (algunas de las carcajadas de la sala suenan a falso, a reírse porque “hay que reírse”, que para eso estamos viendo una comedia…), con lo que debe tener, fundamentalmente, este género, que no es otra cosa que, en primer lugar, unos buenos diálogos, cosa que aquí brilla por su ausencia; no es raro, teniendo en cuenta que los guionistas son los mismos que durante años han hecho series televisivas como 7 vidas y Aída, ciertamente exitosas, pero porque los públicos catódicos ya se sabe que lo aguantan todo; bueno, casi todo, porque estos mismos libretistas hicieron el serial Gominolas, que fue un fracaso absoluto.


El segundo elemento imprescindible, además de unos diálogos con chispa, es una historia medianamente decente: aquí la del feo del pueblo, con mucho cariño que dar, que termina encamando con la (medianamente) descerebrada de su cuñada, no es precisamente un prodigio; ni de originalidad ni de cañamazo argumental, trufado de lugares comunes y de historias secundarias a cual más estrambótica (esa lesbiana con el reloj biológico en plan puñetero, empeñada en que el cura del pueblo sea el padre de su futuro retoño), aparte de que los guionistas usan y abusan de los personajes sin cumplir la premisa de la verosimilitud (¿es razonable que la mujer abandonada por el marido que se va con otra lo reciba como si nada hubiera ocurrido, cuando ella misma ha encontrado el amor en otro hombre?).


El tercer punto importante es el de los actores: en el caso de Javier Cámara, el riojano es un caso poco común: comenzó haciendo papelitos de poca monta en comedietas de Colomo y hoy es, seguramente, el mejor actor de su generación, la que nació en torno al Mayo Francés; pero, aparte de Cámara, que está espléndido como siempre y que hace creíble y plausible su papel, el resto dista mucho de estar a la altura; Carmen Machi hace otra vez de Aída, aunque sea ahora en labores agrícolas; pero su rol, su personaje, es otra Aída camuflada; no comparto el entusiasmo que cierta parte de la crítica (casi toda: en España hay más papanatas que botellines de cerveza…) profesa por esta actriz de dudosa ductilidad, forjadora de un único personaje, que reproduce, con algún matiz, en cuantos proyectos audiovisuales afronta.


Entre el resto del reparto destaca, por su falta de propiedad, el de Tristán Ulloa como cura, que no se lo cree nadie, por muy moderno y actual que pretenda ser el personaje. Así las cosas, si fallan los basamentos de una comedia, ¿a dónde agarrarse? Quizá a un final desmadrado que entronca en buena medida con la tradición del “slapstick”, que es un remedio ciertamente elemental del género, pero que al menos reporta algún grado de diversión superficial.


Si además tenemos que la dirección es (en el peor de sus sentidos) televisiva, sin imaginación, con una puesta en escena antigua y rancia, el resultado no puede ser bueno. Y no lo es. Y no lo será mientras no entendamos que el público televisivo no es el cinematográfico, ni los mismos artesanos mediocres que llenan las 625 líneas (bueno, ahora a lo mejor son más, con esto de la TDT) con sus productos (subproductos, iba a escribir, en un imprevisto parónimo: escrito está) irrelevantes, sirven también para hacer buen cine comercial. No vamos a recordar a los grandes de la comedia, de Wilder a Mackendrick, de Lubitsch a Berlanga, porque sería abochornar innecesariamente a estos fautores que dan el apaño para tonterías televisuales, pero no para hacer cine en condiciones.


 


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Que se mueran los feos - by , Nov 16, 2016
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Maldita la gracia