Película: Rush Ves esta nueva película de Ron Howard, en su faceta de director (la de actor es mucho más numerosa, pero también menos conocida), y barruntas que, o bien El desafío: Frost contra Nixon fue el sonido de la flauta que hizo el burro al pastar en la hierba, o bien que cuando tiene entre manos un tema que no le interesa más allá de añadir ceros a su cuenta corriente, pone el piloto automático y rueda como si estuviera embuchando chorizos, sin poner en la tarea ni una pizca de interés, mucho menos de ese talento que aquella historia pareció desvelar.

Rush narra la pugna, no sé si verídica o un punto fantaseada, entre dos pilotos de Fórmula 1 que se hicieron famosos en los años setenta, el austríaco Niki Lauda y el británico James Hunt, o por mejor decir, entre sus dos muy distintas concepciones de la vida y cómo afrontar su profesión: Lauda, metódico, cerebral, nada amigo de excesos, mucho menos de farras, borracheras o drogas, y Hunt, un bala perdida, un vivalavirgen, alcohólico, de temperamento explosivo, dado a la conducción temeraria, lenguaraz, una bomba humana ambulante de trato difícil aunque bella carrocería, lo que le hacía proclive a revolcones esporádicos con cuanta fémina se pusiera a tiro. Entre estos dos caracteres tan diversos, como la hormiga y la cigarra de la fábula, parece que se estableció cierta pugna que, habrá que decirlo pronto, podríamos decir que terminó en empate, si podemos considerar ese término en el sentido de que ambos llegaron a conseguir el Campeonato del Mundo de Fórmula 1, que debe ser lo más parecido, en su especialidad, a ganar el Oscar, el Nobel o el Pulitzer.

Pero lo cierto es que toda la primera parte resulta bastante tediosa, mientras Howard nos muestra los primeros años de estos dos futuros rivales, Lauda marchando de su casa rica tras dar un portazo a sus estupefactos padres que le presionaban para seguir la tradición familiar (empresarios, médicos, políticos), Hunt tirándose chicas a mansalva y ganando carreras en categorías inferiores para un lord de aficiones automovilísticas. Pero los enfrentamientos dialécticos entre ambos tienen poco empaque, están resueltos con una inusitada, insultante insulsez, si vale la aliteración. Las carreras están filmadas con la pericia y la solvencia que se le supone a un cineasta de la dilatada trayectoria de Howard, por lo que no es nada nuevo. Menos mal que en el último tramo del filme los personajes parecen empezar a tomar grosor, a parecer reales y no unos roles impostados, a tener carne y sangre, y a partir del accidente de Lauda en el Gran Premio de Alemania de 1976, que casi le cuesta la vida y le marcó física y estéticamente para el resto de su existencia, la historia empieza a tener interés y nos empieza a convencer esta crónica de dos caracteres tan opuestos cuya sorda (o no tan sorda) pugna les espoleó hacia las metas que, tal vez sin ella, no hubieran conseguido nunca.

Pero el conjunto, ciertamente, es irregular, y nos queda la sensación de que Howard no ha sido demasiado feliz en el rodaje de esta película que no pareció interesarle realmente desde el principio: esas cosas se transmiten al público, y si no, véase el caso rampante de dos encargos a los que se prestó el propio director, El código Da Vinci y Ángeles y demonios, las desvaídas versiones al cine de las populares novelas homónimas de Dan Brown.

De los dos protagonistas nos quedamos con Daniel Brühl, ese actor de raíces hispanas que rueda con igual desparpajo en España (Salvador Puig Antich, Eva, The Pelayos), Alemania (Good Bye, Lenin, Los edukadores), Reino Unido (Intruders) y Estados Unidos (Malditos bastardos, El ultimátum de Bourne), un actor versátil y seguro, a pesar de su juventud, capaz aquí de transmitir el indescriptible dolor de un hombre literalmente asado a la parrilla.

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123'

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Rush - by , Sep 28, 2013
2 / 5 stars
La cigarra y la hormiga a 300 kilómetros por hora