Película: Salvador Puig Antich En 1974 el régimen franquista ajusticiaba a sus penúltimos presos políticos; y digo penúltimos, y no últimos, como la desmemoria oficial viene diciendo a raíz de este filme, porque hay que recordar que al año siguiente, 1975, en septiembre, todavía ajusticiaría a cinco reclusos más. Es posible que la confusión esté en que, mientras el aquí biografiado Puig Antich y el polaco (que resultó ser alemán del Este, según parece) Heinz Chez fueron ejecutados mediante garrote vil, los de 1975, miembros de ETA y del FRAP (claro que, ¿quién se acuerda ahora del FRAP, y no digamos ya de lo que significaban sus siglas?), fueron fusilados.
Al margen de ese matiz, ahí va otro: este filme se titula “Salvador Puig Antich”, y así está registrado en el Ministerio de Cultura. Por tanto, titularla, en plan compadre, “Salvador”, como se está haciendo comúnmente en los medios de comunicación, no es correcto.
Y vamos con la película: tengo que decir que me llevé una agradable sorpresa. Me esperaba la típica vida de santo laico, como tan habitual es hoy día, con el consiguiente panfleto político, en plan tostón, y me encontré, sin embargo, con un filme que, aunque sus primeros veinte o treinta minutos sí adolecen de esas carencias, con ideologización antediluviana a tope, a partir del momento en que Puig Antich es detenido, cambia radicalmente: estamos entonces ante la tragedia de un hombre ciertamente equivocado (la utopía que pregonaba el Movimiento Ibérico de Liberación, MIL, al que pertenecía, era una marcianada de mucho cuidado), pero al que, ni siquiera en el caso de que, como pareció, hubiera matado a un policía en una refriega, se hubiera merecido morir ejecutado.
Los que leen CRITICALIA saben de mi postura intransigente contra el terrorismo: soy de los que, como decía Gandhi, opina que hay muchas causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que merezca la pena matar. Dicho esto, nadie, ni siquiera el Estado, puede arrogarse la potestad de quitar la vida a nadie; otra cosa es que algunos (que estos días dan el cante tras una reja de metacrilato…) se merezcan pudrirse en prisión…
“Salvador Puig Antich” se convierte entonces en un vibrante, emotivo, espléndido relato contra la pena de muerte, no en abstracto, sino muy en concreto, la de de este chico soñador que se equivocó de sueño y terminó aterrizando en una pesadilla. La tensión se va acumulando a través de los sucesivos momentos en los que su abogado y próximos intentan evitar el dedo del destino, que fatalmente señaló a este chico catalán, y cuya confirmación como reo de muerte vendría dada por el magnicidio de Carrero (a raíz del cual el régimen decidió dar un escarmiento, aunque Salvador y su grupo nada tuviera que ver con el famoso Comando Txikia de ETA, que fue el que mandó a los cielos al Almirante…) supondrá el punto de no retorno. Todo ello está dado con emoción, pero sin incurrir en lo lacrimógeno. El corazón se encoge, pero no por lo que lloran los personajes centrales, que apenas lo hacen, sobrecogidos por el terror que se avecina y que no pueden, por más que quieran, evitar.
Recreando magníficamente la época, a base no sólo de vestuario, peluquería y atrezzo a gran tamaño (coches, localizaciones, carteles), sino también de pequeños detalles, la película narra además con gran verosimilitud aquel miedo sordo con el que se vivía en el franquismo, cuando la policía no era percibida por la población como una protección, como afortunadamente ocurre ahora, sino como una amenaza. Ese miedo sordo que se refleja en el rostro de Leonor Watling era el que se sentía entonces, un miedo insuperable pero perfectamente explicable: es el que nace del temor hacia la total impunidad con la que el Estado, que teóricamente debía velar por el ciudadano, sin embargo le asediaba permanentemente.
Brillante realización de Manuel Huerga, que desde “Antártida” no se ponía tras las cámaras: aunque con algunos errores perdonables, es la suya una dirección visualmente muy creativa, además con un buen ritmo narrativo. Los intérpretes bien, con especial mención para Daniel Brühl, que encarna a la perfección a este chico metido en un fregado que le superaba; también habrá que citar a Leonor Watling, siempre tan magnífica actriz, aquí además en un papel poco agradecido.

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140'

Año de producción

Salvador Puig Antich - by , Sep 29, 2006
4 / 5 stars
Sobrecoge el corazón