Pelicula:

CRITICALIA CLÁSICOS

Entre los títulos que precedieron, en la Historia del Cine español, a este documental, Sevillanas, podrían citarse Duende y misterio del flamenco, de Edgar Neville, y A través del flamenco, de Claudio Guerin Hill. El film de Saura supone la continuidad de la puesta en escena y las narrativas iniciadas en su filmografía por Bodas de sangre y Carmen, producciones debidas a Emiliano Piedra, mientras que ésta, a la que seguirá Flamenco, fueron creadas por Juan Lebrón. Se inició con estos títulos, un brusco quiebro en el estilo del director aragonés que pasará, de lo que se denominó “estética del compromiso” a lo que se conoce como “estética del goce”, un listado de obras que incluye desde El amor brujo a Iberia, desde Flamenco a Jota.

Sevillanas es un mediometraje sobre la historia de este género donde se combina por igual lo artístico con lo didáctico, reuniendo piezas clásicas con modernas, en una significativa antología de tal cante y baile. Productor y director han rehuido de organizar una narración que discurriera por derroteros tradicionales buscando argumentación y hechos superfluos donde engarzar adecuadamente los “números musicales” tal como ha venido haciendo el cine español en películas anteriores; muy al contrario, Saura fue fiel a su estilo, declarando al espectador, desde el principio, qué se va a hacer, dónde y cómo se va a filmar. No hay, pues, concesiones a la tradición cinematográfica; la aparente austeridad de estudios y decorados son suficientes para organizar pautadamente el espectáculo que se va ofrecer. La voz en off, explicativa y frecuentemente redundante, no tiene razón de ser; el didactismo empieza y acaba con un título sobreimpresionado a la imagen en el mismo comienzo de cada bloque. Como en otros musicales de Saura, el comienzo sirve para mostrar el ambiente de los componentes, la preparación de los artistas. Un rótulo sobreimpresionado advierte al espectador sobre la canción que comienza; cada apartado, cada pieza, está, voluntariamente, separada de la anterior.

Las “Corraleras de Lebrija” son sevillanas cantadas y bailadas en las que el grupo utiliza elementos cotidianos transformados en objetos musicales, almirez, botella estriada, cántaro; sus sonidos se combinan y contrastan con la música de guitarras y demás instrumentos de cuerda. Por el contrario, en “Boleras”, son ahora bailarines de academia quienes traen al presente las sevillanas cortesanas de antaño. La profesora manda con la palabra, el gesto, la mirada; las castañuelas hablan mientras el grupo o la pareja armoniza su baile.

Manuel Pareja Obregón, al piano, en “Clásicas”, canta; Matilde Coral y Rafael “El Negro” bailan. El movimiento, en solitario o en pareja, adquiere un inusitado virtuosismo que se ajusta al ritmo de la pieza y al cantar seguro y personal del autor. El montaje ofrece una esmerada combinación de posicionamientos y angulaciones de cámara que potencian ya las miradas, ya los cruces de los componentes del grupo. El juego del mantón en las manos de Matilde Coral se convierte en metáfora plástica y visual en paralelo con cuanto la canción describe: “Dios quiso crear el vuelo (...) / y por eso le dio alas / a los pájaros del cielo”. La perfección cinematográfica se funde con la perfección del cante y del baile en una pieza digna del mejor museo, tal como más adelante diremos.

Por su parte, la guitarra de Manolo Sanlúcar crea unas “Sevillanas flamencas”. Saura incorpora al escenario unos espejos que multiplican la figura de la bailaora (Merche Esmeralda), pero sobre todo eleva y potencia el ritmo visual acorde con el musical. A su vez, la voz de Paco Toronjo se alza solemne para cantar un viejo ritmo cuya argumentación procede de “El Antiguo Testamento”; la cámara enfoca pies y manos, brazos y piernas, para filmar en paralelo, en contraste, en primer plano o en plano general, un ritmo uniformado que escribe en el aire al compás de la voz del “cantaor”.

Los Romeros de la Puebla cantan popularísimas canciones, rocieras, para que el espectador deguste música conocida y letra aprendida. Como una variante de ellas, el rostro de Lola Flores aparece, con tono más trágico que folklórico, en la que sería su última interpretación cinematográfica. El escenario de Saura se abre para dejar paso al temperamento, conjuntamente, de la bailaora y de la actriz. Peineta y cola es la metáfora visual de un pavo real que domina sabiamente el espacio mientras la música hace sonar las “Sevillanas del pito y el tambor”.

Cuando, seguidamente, comienzan las “Gitanas”, la voz de Camarón, la guitarra de Tomatito, el baile de Manuela Carrasco, se adueñan del espacio y del tiempo. Rostro y cante del primero, cuerdas de la guitarra del segundo, juego rítmico de la tercera se cruzan, se combinan, se alternan, en un conjunto de imágenes que el montaje se encarga de fusionar, de hacer trino en uno, de mostrar, en amalgama conexa, cuanto, paradójicamente, es independiente y está separado. Y, sin detenimiento alguno, el grupo “Salmarina”, canta “Fue en Sevilla” para que Merche Esmeralda baile con elegancia y apasionamiento, con estilo propio y mesurada acomodación. “Dos guitarras” son las de Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar; están frente a frente y de perfil ante el espectador; no es un enfrentamiento sino un estar “en-frente” y acorde para que la conjunción de instrumento y manos ejecuten con primor “Sevillanas a dos guitarras”. Las cuerdas de cada una se reclaman, se escuchan, se pisan, armónica y unificadamente.

Y llega el fin de fiesta con “Corraleras”. Las popularísimas sevillanas sirven para amenizar una gran reunión: la voz de Rocío Jurado inunda de alegría un espacio repleto de figurantes donde la edad no cuenta; la cantaora impone el ritmo, la canción los pasos. Cuando la cuarta sevillana marca el punto final y el fin de fiesta, la cámara se eleva despaciosamente sobre el decorado y apunta al techo para que el espectador, tal como se advirtió al principio, no pierda de vista dónde y cómo se ha producido el espectáculo y cuál ha sido la naturaleza de éste. Las academias de Matilde Coral, Juan Morilla, Gracia Jurado y Ana María Bueno han puesto personal cualificado cuyas actuaciones forman cuerpo con los principales del toque y el cante.


Pieza para museo: un modelo para la comunicación contemporánea

Hasta aquí, como decimos en el título de nuestro comentario, esta pieza maestra para cine (en el sentido más extenso de sus posibilidades audiovisuales, desde la gran pantalla al “dvd” y semejantes variantes) conforma un mediometraje cuya plástica y cuya lírica consiguieron merecido reconocimiento tanto en España como en el extranjero. A día de hoy, una nueva mirada permite comprobar las diversas modalidades que ofrece en su estructura y composición; una y otra la sitúan, por derecho propio, en los nuevos contextos de la comunicación contemporánea; pongamos por caso, entre otras, la narrativa televisiva o la exposición museística.

La citada narrativa es una posibilidad que no perjudica a la obra completa y, por el contrario, podría beneficiar a un amplísimo conjunto de espectadores que, sobre todo, desde el ámbito inmenso de la televisión, desde la multiplicidad de parrillas con intereses diversos, se puede convertir en “segmentaciones” de diversa duración que conviertan al espectador distraído en atento, al igual que, radiofónicamente, distinguimos entre “oyente” y “escuchante”. Esta misión, convertir al espectador en “mirante” sorprendido, primero, y atento, después, es una propuesta que las “unidades menores” de Sevillanas pueden conseguir en el ámbito, perverso en tantos casos, de la televisión de nuestros días. Una “joya” de dos o tres minutos, con infinidad de lecturas posibles, desde la del ignorante al experto, desde la del nativo al foráneo, es un valor posible, cuyos “quilates” artísticos están rubricados por el cante de Camarón o de Rocío Jurado, por el baile de Lola Flores o de Merche Esmeralda.

Hemos dicho “pieza digna de museo”. En efecto, la museística concibe hoy el proceso de conocimiento y acercamiento a una obra de arte (arquitectura, pintura, escultura, etc., etc.) no sólo con la mirada del espectador sino con el complemento auditivo, o de otra índole, que enriquezca la percepción fusionando, por ejemplo, mirada y audición (y ello, sin entrar en otros ámbitos como el gustativo, oloroso, táctil…). Es fácil encontrar en los museos contemporáneos, las pequeñas salitas donde la proyección “sin fin” complementa sabiamente las áreas artísticas del entorno, o el aparato emisor, de imagen, de sonido, que “argumenta” y “aconseja” sobre la temática expuesta en la sala. O, como en tantas otras ocasiones, una casi inaudible banda sonora “ambienta” la serie pictórica mostrada, las aparentes gesticulaciones de las esculturas exhibidas.

Resumiendo: Sevillanas es susceptible de proyectarse tanto en su totalidad como en unidades menores y emitirse en contextos tan diversos como plurales, donde, sin duda, serán, dada su extraordinaria belleza plástica y su alta configuración técnica, auténticas piezas de museo: el rostro poderoso (de “gran poder”) del de la Isla y la figura inolvidable de la jerezana ataviada con traje de cola figuran ya, tanto en la simbología del imaginario andaluz, como en una antología universal de la Imagen Audiovisual.



Sevillanas - by , Apr 18, 2024
5 / 5 stars
Pieza maestra para cine y museo