Película: Skyfall Es lo que tiene cuando encargas el capítulo de una franquicia como la de James Bond a un exquisito hombre de teatro, curtido en The Royal Shakespeare Company: a poco que te descuides, te hace una versión heterodoxa de El Rey Lear. Porque, ¿qué es, si no, esta historia de un hombre que se siente figuradamente hijo de una madre rígida hasta rozar la textura del hormigón, al que el desaire y el sufrimiento provocado por tan inflexible progenitora, le hiciera concebir hacia ella un odio enfermizo, absoluto, sin resquicio alguno? Si, ya sé que en la versión original del texto teatral la hija pequeña del rey, Cordelia, es la que, a pesar de los desafueros recibidos por el autor de sus días, socorre a su padre, pero es que no iba a ser un calco total, algo hay que dejar al artista que (indudablemente) habita dentro de Sam Mendes…

Y es que estamos ante una elegante, dramática aportación a la ya más que dilatada saga bondiana, con elementos que, como corresponde al hecho de que la franquicia se refresque con el toque intelectual de Mendes, saben a nuevos, como el dolor y el desánimo en el agente 007, el tema de la vejez en el protagonista, el regreso a la patria más recóndita, la infancia, donde se forjaron todos los sueños, y todas las pesadillas.

Una cosa no quita la otra: Skyfall es el mayor espectáculo del mundo, donde es posible que las motos circulen a velocidades endiabladas por los tejados a dos aguas de Turquía, o ver luchar a dos hombres sobre un tren que intermitentemente se introduce en angostos túneles, o que un convoy entero del metro londinense se precipite en las entrañas de la tierra por un explosivo expresamente colocado a tal efecto, entre otras escenas que cortan el aliento y sobrecogen el ánimo; en ese sentido pierdan cuidado los fans irredentos del Bond más superficial, porque aquí tendrán lo que se espera del agente secreto más famoso del mundo: acción a raudales, mujeres bonitas que quieren amarle o matarle, o ambas cosas a la vez, malos de una sabiduría canalla a cuyo lado Hitler o Stalin serían candorosas nenitas.

Eso sí, por primera vez en el muy macho universo 007, aquí hay una insinuación nada veladamente homoerótica, e incluso una sorprendente réplica de Bond, James Bond, que induce a pensar que tal vez en futuras entregas se introduzcan (ya sé que éste es un verbo algo escabroso, dado el tema…) algunas escenas en las que el objeto del deseo del protagonista no tenga tetas de infarto (ni de infarto ni de nada). Y es que parece claro que este Bond del siglo XXI es muy distinto del supermacho Sean Connery, al que ningún villano hubiera osado poner la mano encima (en sentido sexual, se entiende…).

Nuevos tiempos, nuevos aires: la idea de refrescar la serie poniendo la dirección en manos de un cineasta del prestigio de Sam Mendes, autor de dos magníficas películas como American Beauty y, sobre todo, Camino a la perdición,  se ha revelado excelente. Reconozco que hace algún tiempo no era partidario de que los blockbusters (grandes superproducciones comerciales, para entendernos) fueran dirigidos por “autores”, con el sentido especial que esa palabra conlleva en cine. Pero casos como este me hacen recapacitar: tal vez los ya trillados senderos de los seriales se aireen con la creatividad, con la personalidad de las mentes más visionarias de nuestro universo fílmico actual.

Mención aparte para nuestro Javier Bardem, cuyo “look” en los trailers nos hizo temer lo peor, pero que funciona muy bien: un hideputa rencoroso y resentido, un fementido y taimado experto en informática, capaz de todo por conseguir su siniestro objetivo: ¿y si Edipo, en lugar de matar a su padre, Layo, lo que quisiera fuera matar a su madre, Yocasta?

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143'

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Skyfall - by , Nov 01, 2012
3 / 5 stars
Mi nombre es Shakespeare, William Shakespeare