Película: Sonrisas y lágrimas

Esta crítica se escribe cincuenta años después del estreno de este musical que, en su momento, arrasó en taquilla, y que forma parte de la memoria sentimental de toda una generación. Pero precisamente el tiempo que dista desde su primera proyección pública y el momento en el que se escriben estas líneas favorece una mirada distinta a la que se tuvo en su momento, y sobre todo a la diversa forma en la que se abordó entonces, con un enfrentamiento entre la crítica clásica y conservadora, que alabó su elogio de la familia unida y su resistencia ante la impiedad de la injusticia (para la ocasión la ascensión al poder de Adolf Hitler y su política de “anschluss”, anexión, con respecto a la Austria en la que viven los protagonistas del filme), y la nueva crítica que surfeaba a lomos de los nuevos tiempos que vivía el cine y, en general, toda la sociedad, que la tachaban de gazmoña, pazguata y retrógrada.

Lo cierto es que el tiempo todo lo pone en su sitio, y revisada hoy, medio siglo después de su producción, Sonrisas y lágrimas es un hermoso espectáculo musical, ciertamente timorato y tradicional, pero que no avergüenza ni insulta al intelecto del público. Sobre la base del guión escrito por el gran Ernest Lehman (Sabrina, Con la muerte en los talones, El rey y yo, West Side Story, Hello, Dolly, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, entre otras notables piezas cinematográficas) a partir del musical de Broadway original de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, habiendo bebido estos a su vez del libro autobiográfico de Maria Von Trapp, se monta una historia que no por menos previsible deja de ser impactante y a ratos fascinante.

Maria es una novicia a la que se le encarga la educación y cuidado de siete niños huérfanos de madre, cuyo padre, antiguo oficial de la Marina austriaca, se halla sumido en una profunda tristeza por la pérdida de su mujer, lo que no le permite dar a sus vástagos el cariño que requieren. Inicialmente los siete niños se mostrarán sumamente rebeldes con la nueva institutriz, pero el gusto por la música que la supuesta futura monja consigue reavivar en los chicos le permitirá ganárselos, al tiempo que se da cuenta de que se está enamorando sin remedio del padre.

Podría entenderse Sonrisas y lágrimas, y quizá no estemos demasiado errados, como un intento (patético intento, quizá: la Historia es como un tsunami, no admite barreras ni muros de contención) de resistencia de la sociedad conservadora e instalada de la época, la sociedad satisfecha de haber abatido al nazismo en la Segunda Guerra Mundial, y que imaginaba que gobernaría el mundo para siempre con su nuevo orden democrático, ante el embate de las nuevas formas de la juventud que arrasaba con todo lo que para esa sociedad alegre y confiada suponían las bases de su mundo. Así, el rock, el pop, el movimiento hippie, el amor libre, el consumo de droga, una visión distinta del mundo, hacía que aquellos que creyeron que ya no habría recodos en la Historia se encontraran, de golpe y porrazo, con que todo lo que habían creído se había ido por el sumidero, y que sus certezas de país, de sociedad alegre y confiada, tenían ya el mismo valor que un dólar falso.

Quizá fuera Sonrisas y lágrimas un intento de poner en valor, aún, ese mundo que ya a mediados de los años sesenta estaba herido de muerte. Si así fue la intención, evidentemente, no tuvo éxito (hubiera sido imposible que una película lo consiguiera), pero queda el intento y, sobre todo, queda la película, a pesar de todo un clásico ya en su género, el musical, con hermosas canciones y un mensaje finalmente liberal, a pesar de todo, aunque es verdad que el tiempo no ha sido misericordiosa con ella, y la naftalina, a pesar de que el cine es inodoro, huele…

Julie Andrews acababa de conseguir un gran éxito con Mary Poppins, otro de sus iconos. Quizá haber tenido estos dos éxitos seguidos no fue bueno para su carrera, pues en el resto de su filmografía ya los hits menudearon: Cortina rasgada, para Hitchcock, La semilla del tamarindo y ¿Víctor o Victoria?, ambos para su marido Blake Edwards,  y poco más. Christopher Plummer desarrolló una fructífera carrera como seguro secundario. En cuanto al director, Robert Wise, es uno de los casos más curiosos de cineasta con un ramillete de títulos de primera línea (Ultimátum a la Tierra –versión años cincuenta, se entiende--, Quiero vivir, Marcado por el odio, West Side Story, esta Sonrisas y lágrimas) y que, sin embargo, no goza de predicamento cinéfilo alguno: cosas de fobias y filias, supongo…


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174'

Año de producción

Sonrisas y lágrimas - by , Jun 20, 2015
3 / 5 stars
Hermoso, timorato musical