Película: St. Vincent

Hay en el cine una veta, bastante copiosa, que busca fomentar descaradamente los buenos sentimientos del público. No seré yo el que reniegue de este tipo de cine, sobre todo porque en él se pueden inscribir desde obras maestras como El gran dictador (y en general casi todo Chaplin) hasta filmes muy estimables, como El club de los poetas muertos o Billy Elliot, entre otros títulos que cualquiera puede recordar También, hay, claro está, más de una bosta de vaca revestida con esos ropajes bienintencionados.

Dentro del frondoso árbol del cine de buenos sentimientos (que no deja de ser, al fin y al cabo, un cierto cine “de tesis” –el ser humano es bueno por antonomasia--, aunque en las antípodas del que generalmente se reputa como tal, que suele ser un cine político, o comprometido, o social, o todo ello a la vez) hay un esqueje que nos presenta a seres decididamente aborrecibles: el supersticioso hasta la extenuación, misógino, antipático, homófobo, reprobable protagonista de Mejor... imposible; el ogro feo cual Picio, gruñón, vulgar y maloliente de Shrek; el misántropo y cascarrabias protagonista de Un cuento chino, entre otros. Esta St. Vincent pertenece, comedidamente, a esa variante del cine de buenos sentimientos, con su protagonista, un viejo veterano del Vietnam, que se ha pulido su pensión y está tieso como una regla, borrachuzo, malhablado, sucio, putañero: vamos, enteramente un Torrente que no fuera del Atleti ni ex policía… Lo bueno (o lo malo, según se vea) de este tipo de filmes es que se sabe como acabará, irremediablemente, y aquí no hay “spoiler” que valga: sólo queda para el suspense la forma en la que el manifiestamente mejorable prota, un patito feo moral, se convertirá en la joya de la corona, un cisne (más o menos) blanco, esa persona entrañable con la que uno se iría de copas.

El director, Theodore Melfi, nuevo en esta plaza, es también responsable del guión. No parece ser un exquisito, o al menos a la vista de este su primer largo no lo es. Apunta maneras en el humilde aunque un tanto tramposo oficio de emboscar al público para conmoverlo sin mucha sustancia. Es cierto que su embeleco no es “first class”, pero tampoco se puede decir que lo haga mal.

Por supuesto, St. Vincent no habría cosechado el moderado éxito que ha obtenido, con varios premios menores (al menos cuando se escribe este texto) y cierta repercusión en taquilla, sin la extraordinaria composición que del personaje central hace Bill Murray, un actor que ha ganado, y de qué forma, con los años, desde el lamentable ganso de su juventud (Los incorregibles albóndigas, El pelotón chiflado), pasando por una madurez que presagiaba ya virtudes insospechadas (Atrapado en el tiempo, Ed Wood), hasta llegar a una dorada vejez que nos lo presenta como intérprete ideal para encarnar personajes extraños, castigados por la vida pero con trastienda (Lost in traslation, Flores rotas). Entre las chicas me quedo con una Naomi Watts en un registro bastante distinto al suyo habitual.


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102'

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St. Vincent - by , Dec 20, 2014
2 / 5 stars
Buenos sentimientos