Película: Tamara y la Catarina

Llega poco cine mexicano a España, pero el que llega suele tener interés. En este caso ha debido ayudar la coproducción con una productora española, andaluza por más señas, Cada Films. Con buen criterio, el cine mexicano suele incidir en temas de compromiso social, en clave realista, buscando denunciar las situaciones de injusticia y marginalidad de su país.

Hace unos años pudimos ver Heli (2013), un atroz drama entreverado de thriller de Amat Escalante, también en una clave realista que ahora, con menos brutalidad, retoma Lucía Carreras en este su tercer largometraje, tras Nos vemos, papá (2011) y La casa más grande del mundo (2015, codirigida con Ana V. Bojórquez). Carreras tiene buena mano para escribir historias. De hecho, se inició en la carrera cinematográfica como coautora del guión de Año bisiesto (2010), celebrado filme de Michael Rowe que fue premiado en Cannes.

México, D.F., en alguno de sus muchos barrios de clase obrera, de eso que ahora llaman “poor workers”, trabajadores pobres. Un hombre, Paco, decide huir de su casa, donde se siente psicológica y personalmente encadenado a su hermana, disminuida mental. La chica, que no entiende que se ha producido tal abandono, se encuentra, en uno de sus paseos por el D.F., con una bebé sola en un kiosko de prensa. Ni corto ni perezoso, en sus cortas entendederas, piensa que se la puede llevar, porque para eso se la ha encontrado. Una anciana que vende quesadillas en un precario puesto ambulante cerca de su casa se entera de lo sucedido y se apresta a intervenir…

Hemos titulado esta crítica “La vendedora de quesadillas” porque esa vieja vendedora ambulante no figura en el título, Tamara y la Catarina (la disminuida mental y la bebé), siendo sin embargo el papel de la anciana tan importante o quizá incluso más que las dos protagonistas. Porque la vieja supone el único apoyo de la razón en esta historia en la que el hermano que debería cuidar de su pariente desvalida se las pira, los padres de la bebé la dejan sola en el kiosko como si la niña tuviera 18 años en lugar de 10 meses, la farragosa burocracia sólo pone trabas en la denuncia de una situación de emergencia, la policía se mueve exclusivamente a base de mordidas. Ella es el único personaje positivo, benévolo, que hace lo correcto en esta triste, casi bressoniana historia, la única que actúa como el ser humano que es, cuando los demás parecen cualquier cosa menos humanos, la única que maniobra para restaurar la normalidad (aunque ello suponga devolver la bebé a unos padres manifiestamente irresponsables, manifiestamente mejorables) y evitar a la pobre disminuida el duro castigo que, a buen seguro, le depararía un Estado (cualquier Estado, no sólo el mexicano) a quien osara secuestrar (aunque no sepa que lo está haciendo) a un menor.

Historia de soledades, como ha dicho la propia directora, la de la vieja es quizá la mayor, teniendo que lidiar con las dos personas que han pasado a depender de ella, ambas con un coeficiente similar, aunque una tenga 40 años y la otra no llegue a sus primeros 365 días, además de buscar la forma de solucionar el entuerto sin males mayores y lidiando con la mafia policial.

Es cierto que el filme no es precisamente exquisito: Lucía Carreras demuestra mejores formas como guionista, como urdidora de historias, que como directora, como cineasta que pone en escena esta trama. Pero la fuerza en el filme no radica tanto en su clase cinematográfica, más bien escasa, como en su capacidad para emocionar desde la identificación con la simpleza de la protagonista y su pequeño mundo lleno de lagartijas, al que llega un regalo en forma de bebé, o desde la admiración por la inteligente forma en la que la vieja consigue enderezar unos hechos que llevaban directamente a la catástrofe.

Mención aparte para las dos protagonistas, Ángeles Cruz, a la que vimos en La hija del puma (1994), que aquí hace posiblemente el papel de su vida, una mujer con una acusada deficiencia mental que intentará salir adelante cuando quien la sostenía y de quien dependía la abandona a su suerte. Y, desde luego, la estupenda Angelina Peláez, esa vieja vendedora de quesadillas, espléndida, espléndida.


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105'

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Tamara y la Catarina - by , Nov 20, 2016
2 / 5 stars
La vendedora de quesadillas