Película: También la lluvia Definitivamente, es difícil que la vida personal no incida en la vida profesional, al menos en los aspectos artísticos; he aquí un ejemplo evidente: Icíar Bollaín es una directora notable (también es actriz, pero en esa faceta sus méritos son más discutibles). Cuenta con una todavía relativamente pequeña filmografía, pero en ella hay un estilo, un tono, una forma-Bollaín de enfrentar el cine: películas como Flores de otro mundo, Te doy mis ojos (hasta ahora su obra maestra) y Mataharis, ofrecen una perspectiva femenina, no necesariamente feminista, del mundo; hay, sobre todo, un interés especial por las relaciones humanas (no necesariamente amorosas o sexuales), hombre/mujer, aunque también mujer/mujer. Aunque es claramente de izquierdas, su cine nunca ha estado atravesado, afortunadamente, por ningún tono ideologizante, mucho menos dogmático ni sectario.

Sin embargo, Icíar Bollaín es pareja desde hace más de una década del guionista británico (nacido en la India, ahí es nada) Paul Laverty, habitual libretista de Ken Loach, con el que ha colaborado en esas funciones más de una docena de veces. Laverty es un escritor cinematográfico caracterizado por su combatividad y su compromiso, pero no precisamente por su sutileza. Y sin embargo, la sutileza es una de las (brillantes) armas con las que nos ha deslumbrado con frecuencia Bollaín en sus filmes. Como era seguramente inevitable, la directora y el guionista, además de compartir la vida, han compartido ahora este proyecto, También la lluvia, que pretende hacer cine dentro del cine, pero también arrojar algunas miradas sobre dos temas controvertidos: la colonización de América por parte de la Corona Española (con su correspondiente Leyenda Negra, donde hay verdades lacerantes y bellacos embelecos) y el expolio de las comunidades indígenas (vale decir los pobres del lugar) en Hispanoamérica, para la ocasión la famosa Guerra del Agua que azotó la Bolivia de principios de este siglo y milenio.

Pero (ya lo hemos dicho) la mejor virtud del animoso Laverty no es precisamente el matiz, y entonces Bollaín trabaja con un material que le resulta ajeno, lleno de brochazos y sin personajes de carne y hueso; más o menos lo que le pasa al cine de Ken Loach, si bien es verdad que el cineasta británico, que no es precisamente un director exquisito, sabe sacar el mejor partido posible de los textos del anglo-hindú, a base de llevárselos a su terreno, ciertamente maniqueo pero efectivo en sus planteamientos y su fe cuasi religiosa, aunque en vez de en Dios sea en el Proletariado.

Pero Bollaín está dotada para otras cosas: lo suyo es el cine pequeño, de personajes, analizando (no como entomóloga, sino como casi un rol más de la acción) la forma en que éstos se relacionan entre sí. En También la lluvia parece estar dirigiendo algo que no le pertenece, que no es suyo. Es verdad que hay momentos de cierta magia, como casi todos en los que los actores ensayan sus papeles: Colón, Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, cobran carne y sangre en los actores que, aún con sus ropajes occidentales, parecen como transmigrar, transmutar, trascender y hacerse los personajes representados; ahí quien más alto vuela es un extraordinario Karra Elejalde, un Colón visionario, cruel, transido de la que sabe será su inmortalidad, sin darse cuenta que su propia vida eterna como personaje universal conllevará su perdición como ser humano que no supo, o no quiso, o no pudo, comportarse como tal.

Esos momentos son los mejores; pero cuando la película discurre por el plano de la actualidad, con las manifestaciones, la represión policial, los indígenas reclamando lo que es suyo… entonces Bollaín se pierde; peor, se cree Loach, o quiere ser Loach, y hace cine sectario, sin ser Loach.

Hay en el cine loachiano un cierto e involuntario tono irreal, siendo su cine pretendidamente realista; eso mismo ocurre con este por lo demás noble y bienintencionado filme: casi nunca nos lo creemos, ni por las reacciones de los personajes, ni por el brusco cambio de sus opiniones (ese director y ese productor, que parecen estar intercambiando constantemente sus personajes de poli bueno y poli malo), ni por el amateurismo de los actores indígenas, ni por la técnica lavertiana de las escenas asamblearias, en las que los actores improvisan sobre el (comprometido) tema de turno.

En fin, Bollaín (el pareado ha sido sin querer, palabrita…), mejor que vuelvas a escribir tus propios guiones, tus propias ideas. No te pedimos que cambies de pareja, pero sí de guionista…




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También la lluvia - by , Jan 20, 2011
2 / 5 stars
Contaminada de Loach