Película: Tarde para la ira

Aún hay milagros: Raúl Arévalo es un actor que tiene ya una más que interesante carrera a sus espaldas. Títulos como Azuloscurocasinegro (2006), ¿Por qué se frotan las patitas? (2006), Los girasoles ciegos (2008), Gordos (2009), Primos (2011), Los amantes pasajeros (2013), La isla mínima (2014) y Cien años de perdón (2016), entre otros, nos han permitido apreciar el talento interpretativo de este mostoleño. Ahora, sin ninguna experiencia previa (ni un corto, ni siquiera un episodio de serie televisivo: lo que se dice nada), sorprende gratísimamente con su primera incursión en la dirección cinematográfica, este largometraje que nadie diría es de un novato.

La película presenta sus cartas desde la primera secuencia. Arévalo muestra enseguida que, además de actor, es un cinéfilo empedernido, y esa primera escena nos muestra, en plano-secuencia, el atraco a una joyería desde dentro del coche en el que los ladrones van a darse a la fuga. Sí, efectivamente, como en la espléndida El demonio de las armas (1950), del gran Joseph H. Lewis, del que nadie se acuerda más que aquellos que hemos tenido la suerte de ver ese filme. Con la referencia de la película lewisiana, pero llevada al extremo, la escena en Tarde para la ira es un prodigio: rodada, como decimos, en plano secuencia, veremos al conductor (estupendo Luis Callejo) esperando a sus compinches; después, cuando salen estos atropelladamente de la joyería, veremos como el coche sale a escape, siendo perseguido y acosado por los vehículos de la Policía, hasta que en su loca huida el automóvil de los cacos colisiona con otro y da un vuelco: todo de un tirón, sin cortes (aparentes, claro…).

A partir de ahí ya se desarrolla la trama, con un hombre que parece beber los vientos por la mujer de uno de los ladrones (el mentado conductor), que se ha comido él solito los años de reclusión que les hubiera tocado a los otros, que huyeron. Claro que a lo mejor las apariencias engañan…

Lo que pudiera parecer inicialmente como un triángulo entre la mujer que espera, el marido agresivo y el pánfilo enamorado de la que no debe, pronto enseñará su verdadero rostro, que no desvelaremos…

Filme que bebe sin recato en Tarantino (esas escenas en las que va condensándose la tensión, que se masca literalmente, para estallar sin posibilidad de embridar), pero también en otras influencias muy distintas geográficamente, pero muy próximas estilísticamente (estoy pensando en el persa Asghar Farhadi y filmes como Nader y Simin. Una separación), Tarde para la ira se constituye enseguida en una magistral lección de cine, de cómo provocar la tensión en el espectador a partir de una filmación que prima los primeros planos sobre los planos generales, que usa, pero no abusa, de la cámara al hombro, de tal forma que, aunque sin la solidez del trípode, la imagen nos llega perfectamente y no nos somete al típico baile de San Vito de los “modelnos”.

Con un grueso grano fotográfico que deliberadamente ensucia la imagen, y que tan adecuadamente le viene al tono del filme, la opera prima de Arévalo subyuga con escenas espléndidas: el encuentro con el atracador que compone Manolo Solo (extraordinario: está pidiendo a gritos un Goya al Mejor Actor Secundario) es absolutamente demoledor, una de las escenas más brutales que hemos visto en cine (y hemos visto muchas…). Pero es que el mismo actor que en esa escena resulta terrible, poco después, en el hotel que comparte con el chófer del atraco inicial, estará desoladoramente patético: son las cosas de Antonio de la Torre, seguramente el mejor actor español de su generación.

Grandísima película; lástima que algún titubeo de recién llegado empañe ligerísimamente la que podría haber sido una obra redonda, una opera magistra. Pero el resultado es, con todo, absolutamente excepcional, una película que confirma lo que ya sabíamos, y es que el talento no es cuestión de tablas (que ayudan, pero no suplen), sino de don natural.


 


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92'

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Tarde para la ira - by , Sep 15, 2016
4 / 5 stars
Bronco, magistral thriller