Película: The Artist

Me hubiera encantado ver por un agujerito las caras de los productores a los que, uno tras otro, Michel Hazanavicius fue presentando el proyecto de este The Artist. Me los imagino primero poniendo una cara como de póker cuando el mentor del proyecto le contaba que pretendía hacer un filme en blanco y negro, después cara de sorpresa cuando le decía que sería una película muda, y para rematar, cara de no me lo puedo creer cuando le contaba que llevaría intertítulos y tendría toda la apariencia de un filme de los años veinte y principios de los treinta.


Por eso hay que elogiar el valor (más que El Guerra, según el aforismo popular español) del cineasta, pero también del productor, Thomas Langmann, quien se jugó los cuartos (estamos hablando de 12 millones de dólares, que para Hollywood será una bagatela, pero para el cine europeo, como es el caso, es una pasta) en esta historia por la que, en principio, nadie daría un ochavo. Ahí es nada, filmar una libérrima versión de Ha nacido una estrella a la manera del cine que se hacía en los años veinte, con apenas algún excurso (la penúltima escena), por lo demás perfectamente imbricado en el conjunto de la narración.


Pero el éxito que está teniendo el filme es reconfortante: viene a decirnos que aún no está todo perdido si hay un público medio, bastante amplio, capaz de aguantar (aún más: disfrutar) más de hora y media una historia que se cuenta sólo con imágenes y el auxilio levísimo de algunos intertítulos. Es cierto, como dice el propio director, que el lenguaje más universal (incluso por encima del habitual tenedor de ese título, la música) es el de la imagen, pero también que su entendimiento requiere de fuertes dosis de capacidad de narrar por parte del autor de la historia y (lo que quizá sea más difícil) una actitud activa por parte del espectador, tan mal acostumbrado por el cine y la televisión comerciales a que se lo den todo mascado.


Porque la película de Hazanavicius no deja de ser un regreso a los orígenes, con un melodrama romántico que bebe en los mejores veneros de las silent movies: allí está la bizarría sin par de un Douglas Fairbanks, la gracia alada de un Buster Keaton, la galanura de un Rodolfo Valentino o un Ramón Novarro, la belleza atemporal de una Hedy Lamarr. Pero lo curioso es que, siendo obviamente una reconstrucción intertextualizada, no hay manierismo en la forma de contarlo; es obvio que estamos en una película hecha en la segunda década del siglo XXI, pero lo que nos cuenta nos lleva, como en un filme de época, a la tercera y cuarta del siglo XX; lo raro en este caso es que se han utilizado, prácticamente de forma exclusiva, los recursos cinematográficos de que disponía la industria fílmica en aquella época.


Al margen de sus valores cinéfilos, más que evidentes, The Artist funciona también (para un público no perezoso) como una hermosa historia de amor, precedida de una de soberbia y desolación. Y está tan bien engarzado tanto el argumento como su plasmación en pantalla que nadie diría que el fautor de esta pequeña joya silente sea un cineasta curtido en telefilmes del tres al cuarto, cortometrajes manifiestamente prescindibles y series televisivas de poca monta, además de algunos largometrajes para la gran pantalla de los que, tal vez, ahora se avergüence. A lo mejor era el camino de perfección que necesitaba Hazanavicius para afrontar este hermoso, delicado, finalmente optimista retorno al comienzo de todo, cuando el cine aún era inocente.


 


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100'

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The Artist - by , Jun 23, 2017
4 / 5 stars
Más valor que El Guerra