Película: Timbuktu

Mauritania es un país que, aparte de una economía secularmente deprimida, víctima de continuos gobiernos golpistas, o corruptos, o ambas cosas a la vez (lo más frecuente, lamentablemente), tiene una cinematografía también muy endeble; claro que una cosa normalmente conlleva la otra… De hecho, como nacionalidad productora o coproductora (como es este caso, con la metrópoli colonial Francia), figura en la IMDB (la biblia del cine en cuanto a base de datos, como sabe el cinéfilo) con sólo treinta producciones a lo largo de toda la Historia. Por eso sabe mejor cuando llega algo de esas latitudes, aunque sea, como en esta ocasión, con el apoyo de la industria francesa.

Abderrahmane Sissako es uno de los escasos cineastas mauritanos, ya veterano, que se ha hecho él en solitario prácticamente un tercio de las citadas treinta producciones de su país. Es un cineasta curtido, que narra con el tempo pausado que se estila en África, nada que ver con las prisas de las cinematografías occidentales.

Timbuktu tiene la virtud de la actualidad: se ambienta supuestamente en Tombuctú (en la forma en la que la denominamos en España), ciudad de cierta importancia en la República de Mali, que hace un par de años cayó bajo la influencia de fuerzas fundamentalistas islámicas, de éstas que relegan a la mujer al papel de mueble (a veces ni eso), que odian cualquier cosa que pueda causar placer al ser humano, incluida la música, emperradas en una moral que obliga a las mujeres a llevar calcetines y guantes para que no se les vea más que la epidermis imprescindible (y estos, al menos, no son irreductibles en cuanto al burka, qué relativo alivio…). Un régimen teocrático que sume a la población en una situación de postración, de depresión, y que tendrá su culmen cuando un pastor, en una disputa por la muerte de una res, mata accidentalmente a un pescador, momento en el que la ruin maquinaria de la justicia integrista se desata con toda su brutalidad contra el pobre infeliz.

Tiene Timbuktu la belleza de las cosas sencillas, simples. Las imágenes del semidesierto, apenas jaspeadas por algunos matojos en los que pastan las vacas del protagonista, las calles como de la Edad Media, los mercados que resuenan como en el eco del tiempo pasado, le otorgan al filme una extraña sensación de atemporalidad, como si lo que se nos cuenta pudiera estar ocurriendo en el siglo XV; las escasas ocasiones en las que aparecen elementos contemporáneos (coches, armas, teléfonos, aparatos reproductores de música de quienes osan rebelarse contra los dictados del régimen) parecen excursos que no se corresponden con el tiempo histórico, moral (inmoral, sería mejor decir) que nos refleja el filme.

La película franco-mauritana tiene además algunas imágenes sencillamente inolvidables, como el partido de fútbol que juegan dos equipos de zagalones literalmente “sin balón”, pasándose esa pelota imaginaria, driblando unos jugadores a otros, disparando a puerta, marcando goles… sólo en su magín, de tal forma que cuando llegan los celosos vigilantes de la moral se encuentran sólo a un grupo de chicos haciendo ejercicio, sin rastro alguno del esférico, ese diablo… Qué decir entonces de la escena en la que una de las chicas que ha sido sorprendida escuchando música, y además en compañía de otros chicos (¡qué depravación…!), es azotada en público, momento en el que el dolor de la pobre muchacha sólo tiene consuelo al lanzarse ella misma a cantar con el único, inmisericorde acompañamiento ¿musical? de los zurriagazos en su espalda…

Timbuktu no es una gran película, pero llega, y muy profundamente, a los corazones de la gente, sea occidental y oriental, cristiana o musulmana, atea o agnóstica. Porque habla del ser humano y de su abyecta capacidad para reprimir las expresiones más sencillas, más elementales de la persona. Porque antes de empezar a escribir, quizá incluso antes de empezar a hablar, el ser humano, ese mono que se bajó del árbol, seguro que empezó a hacer algo parecido a la música.

Los actores, en su mayoría aficionados, funcionan perfectamente en el filme, confiriéndole esa sensación de veracidad que sólo los que no están viciados por técnicas interpretativas son capaces de dar. Sissako consigue así una película notable, que, quizá sin saberlo, se ha anticipado a las actuales atrocidades de Boko Haram, esa banda de desalmados que siembra el caos y el terror en las tierras del África Negra, intentando imponer su religión a los demás, cuando seguramente no hay nada más individual, más propio, más profundamente recóndito, que creer, o no, en Dios, en cualquier dios.


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97'

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Timbuktu - by , Feb 15, 2015
3 / 5 stars
Cantar bajo los azotes