Película: Tiro en la cabeza Jaime Rosales se dio a conocer con el éxito de “La soledad” en los pasados Premios Goya. Pero antes ya había llamado poderosamente la atención, bien que a escala meramente cinéfila, con su primer filme, “Las horas del día”, una interesante introspección en la mente de un psicópata. Ahora, con este “Tiro en la cabeza”, da un salto al vacío importante: ahí es nada una película cuyos primeros sesenta minutos están dedicados monográficamente a la contemplación entomológica de un individuo, del que no conocemos más que es una persona gris que hace lo que todo el mundo: así, vemos que le gustan las rebanadas de pan con mermelada para desayunar, o que de vez en cuando hace el amor con su ¿novia? ¿mujer? Eso sí, en una postura, de pie, que no debe ser precisamente muy cómoda…
Después empieza la película más al uso, donde hay una acción concreta, con su planteamiento, nudo y desenlace, aunque visto también desde una perspectiva muy entomológica. Pero, para mi gusto, precisamente ésa es la parte más cinematográfica del filme; lo anterior puede catalogarse como ensayo o experimento: el cine no deja, no puede dejar de buscar nuevos caminos, nuevas fórmulas, y el docudrama (aunque, como en este caso, lo sea sin conocimiento de la gente corriente que interacciona con los actores en situaciones de la vida cotidiana) es una de las más creativas maneras que actualmente se está abordando por los directores más imaginativos.
Estamos entonces ante un experimento de una hora y cine auténtico en los restantes veinticinco minutos escasos. Pero en ese corto lapso de tiempo hay algunas perlas extraordinarias: todas suceden en la secuencia que se desarrolla en una cafetería al sur de Francia, casi en la frontera con el País Vasco Español. Allí volvemos a ver al protagonista con los que parecen unos amigos, chico y chica, charlando amistosamente sentados en una mesa, entre un guirigay de gente que desayuna. Cerca de ellos vemos a dos chicos, como de veinticinco años, pelo corto, aspecto más pijo que los otros (que se gastan el “look” abertzale habitual: no han visto un peluquero ni en pintura y tienen un gusto vistiendo casi igual de pésimo que su ideario político), también enfrascados en hacerse entender con una dependienta para conseguir un café y una cola. Uno de los chicos parece ir al servicio; en su ausencia, el otro se da cuenta de algo, a lo que mira fijamente: es al protagonista, al que parece haber reconocido. En un momento dado, el protagonista, parcialmente tapado por la cabeza de su amiga, se da cuenta de la mirada del joven y lo mira fijamente: vemos sólo un ojo, pero qué ojo: fiero en su quietud, atento como el guepardo que acecha la gacela. Es un instante mágico, un momento de cine purísimo: ese ojo que, como en un “click”, hace que el docudrama se convierta instantáneamente en ficción, y en thriller, y en tragedia; ese ojo que, como un fotograma excepcional, quintaesencia, condensa, extracta la película entera en apenas unos segundos.
Poco después, cuando los jóvenes (que, lo diremos ya, porque es “vox populi”, son dos guardias civiles de paisano, en funciones de información en el País Vasco Francés, pero sin arma alguna encima, por no permitirlo –al menos entonces—las autoridades francesas) salen de la cafetería, los dos sicarios de ETA (entonces lo sabemos, por si no habíamos leído las gacetillas del filme) les persiguen, y, por primera vez en toda la película, se oye una sola palabra, repetida: “txakurra”, gritan a los jóvenes, “perro” en euskara, la terminología que el mundo abertzale aplica a los policías y guardias civiles. Y esa única palabra de toda la película es como un trueno, que anuncia la tragedia inminente, de todos conocida.
Es cierto que no es un filme que intervenga tomando partido en el tema vasco, al menos en la superficie; sin embargo, el director de “La soledad” nos habla de esa abyecta figura que es el llamado “legal”, el miembro de un comando que durante la semana trabaja como cualquier hijo de vecino, que charla con sus compañeros del último partido del Athletic o de la Real, que come, ama, conversa con amigos, ríe, pero que cuando llega el fin de semana se convierte en un perro de presa para el que el valor de la vida humana (mayormente si es un miembro de los cuerpos de seguridad del Estado) es menos que el de una cucaracha.
Quizá hacía falta este ejercicio de estilo, aunque para mi gusto los sesenta minutos iniciales se podrían haber condensado en poco más de veinte, y el mensaje hubiera llegado igualmente: el lobo con piel de cordero, el hombre que parece otro miembro más de la “aurea mediocritas”, resulta llevar dentro un Hannibal Lecter, aunque sin su pésimo gusto gastronómico…

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Tiro en la cabeza - by , Oct 10, 2008
3 / 5 stars
¡Txakurra, txakurra!