Película: Todos estamos invitados

Sostengo hace tiempo (ver en CRITICALIA el artículo titulado ETA: demasiada sangre para tan poco celuloide) que el terrorismo de la banda vasca ha sido muy poco tratado por el cine español porque las heridas (literales, en este caso) están todavía abiertas; de hecho, puede haber más en el futuro, aunque ojalá me equivoque. Por eso, cualquier película que afronte este tema tiene, al menos para mí, un plus de interés. Claro que después se puede uno encontrar con que lo que se ofrece no alcanza esos mínimos que deberían requerirse para concitar la expectación del público, para interesarle realmente, y me temo que eso es lo que ocurre precisamente en esta Todos estamos invitados.


Hay en la última película de Manuel Gutiérrez Aragón dos líneas argumentales que confluyen: un joven terrorista resulta herido en la cabeza en un control policial tras ejecutar una de sus fechorías, por lo que pierde parcialmente la memoria y no recuerda, bendito olvido, que hasta entonces era un asesino sin escrúpulos; por otro lado, un profesor universitario muy crítico con las acciones de ETA comienza a ser acosado, y en primer lugar lo hacen dentro de una reunión gastronómica que periódicamente tiene con un grupo de amigos; su novia es la psicóloga del etarra, y ese punto de vinculación entre ambos la pondrá también en peligro. Comienza entonces la angustia, porque, en contra de lo que dice el cándido aforismo, el miedo no es libre.


A pesar de esas dos líneas argumentales, lo cierto es que la fundamental es la del intelectual amenazado, personaje en el que no es difícil reconocer un trasunto de tantos eruditos vascos que se han sentido y se sienten acosados por el ambiente mafioso de la banda: desde Jon Juaristi a Fernando Savater, de Gotzone Mora a Edurne Iriarte, de Francisco Llera a José María Calleja, siendo este último además colaborador en el guión, por lo que lo que se nos narra tiene el aliento de alguien que ha sufrido, que sufre aún hoy, el acoso de los etarras.


Pero al margen de que suene a verdad ese acoso y las angustias del profesor, tan verídicas, lo cierto es que Gutiérrez Aragón y su guionista Ángeles González Sinde, no han sabido embridar una historia medianamente creíble, al hacer que sus personajes sean demasiado estereotipados, en especial los “abertzales”. Líbreme Dios de tener nada que ver con esa gente, no por su ideología, sino porque, como decía Gandhi, “hay muchas causas por las que estoy dispuesto a morir, pero no hay ninguna causa por la que esté dispuesto a matar”. Estos tíos vienen a decir lo contrario: no hay ninguna causa por la que estén dispuestos a morir, pero sí muchas por las que están dispuestos a matar; angelitos… Así que ninguna connivencia, por mi parte, con semejante ganado. Pero lo cierto es que los miembros de ETA que aparecen aquí están pintados con un brochazo, no hay matiz alguno. Ya sabemos que son inhumanos, pero aún así, deberían transmitir algo más que un actor diciendo su papel con aspecto torvo.


Un guión mal elaborado, con lugares comunes y escenas previsibles hasta la ingenuidad, además de un elenco no precisamente entonado: Coronado ha estado mucho mejor en filmes como La caja 507 o La vida de nadie; el personaje de la italiana Vanessa Incontrada no termina de convencer, como si fuera un postizo en la trama; Óscar Jaenada, tras hacer, sucesivamente y sin cortarse un pelo, de Camarón y de superdotado XXL, ahora hace de etarra que hasta se marca algunos diálogos en euskara, sin mucha convicción, por cierto; e Iñaki Miramón, en un papel que parece recordar el del Txema Montero de sus ¿buenos? años, allá por los ochenta, cuando era abogado de etarras, aunque hay que reconocer que el letrado, en ese tiempo, ha evolucionado mucho y bien, de lo que nos alegramos. Así que, por favor, más cine sobre ETA, pero, a ser posible, mejor…


 


Todos estamos invitados - by , Oct 19, 2017
2 / 5 stars
El miedo no es libre