Película: Tomorrowland. El mundo del mañana

Brad Bird tiene un lugar en el cine fundamentalmente por la excelente El gigante de hierro (1999), una deliciosa película de dibujos animados que jugaba a modo con elementos infantiles pero también adultos, marcando una tendencia que después el cine de animación ha cultivado con fruición. Aquella hermosa cinta, que no tuvo la repercusión comercial que se hubiera merecido, sirvió para que Bird fichara por los grandes estudios. A las órdenes de la talentosa Pixar haría Los increíbles (2004), un nuevo acierto, aunque para mi gusto descendiera un escalón con respecto a la excelencia de su anterior empeño. Su tercer envite en el “cartoon”, Ratatouille (2007), fue también una interesante y divertida aportación a la enloquecida visión que otorga al mundo ese microcosmos imaginado a partir de un lápiz de grafito o de una combinación de ceros y unos.

Pero, como si el cine de Bird estuviera concebido esencialmente para el dibujo animado, tanto analógico como digital, su cuarto largometraje, ya con personajes reales, Misión Imposible: Protocolo Fantasma (2011), se resintió de una falta de verosimilitud que, si en el cine de animación es plausible, en las películas con actores de carne y hueso resultan chirriantes. Algo así pasa con esta Tomorrowland. El mundo del mañana, que parte de una interesante premisa: el mundo, nuestro mundo, se va muy gentilmente al carajo porque el pesimismo lo invade todo. Ciertamente no hay que ser muy espabilado para ver que las cosas no están precisamente bien: calentamiento global, hambrunas en un planeta que podría autobastecerse, fundamentalismos, corrupción política, capacidad de autoaniquilación como para pulverizar varias veces la Tierra… Eso por no hablar de la sensación de fin de los tiempos que más de uno, y de un millón, tenemos.  Con ese determinismo que parece abocarnos a que la Humanidad se extinga por sus propios deméritos, Bird y sus guionistas imaginan que exista un mundo aparte, el Tomorrowland del título, donde una élite privilegiada contempla como los ciudadanos de a pie ruedan cuesta abajo hacia su inevitable final. Habrá entonces, claro está, un Elegido (en este caso una Elegida), que para eso estamos en una sociedad judeocristiana, que podrá devolvernos (o no) la esperanza por vivir y salvarnos…

Tomorrowland juega con las dos visiones que el ser humano tiene sobre cualesquiera cosas, la optimista y la pesimista. Como dicen en el filme, contando una vieja fábula: “hay dos lobos peleando en mi corazón; uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengativo; el otro está lleno de amor, ternura y compasión”. De forma más pedestre el cómic lo ha presentado en viñetas como las que Escobar dibujaba en los años sesenta en la revista infantil Tío Vivo, con el título de Don Óptimo y Don Pésimo, dos caras, Jano bifronte, de una misma moneda, la botella medio vacía o medio llena, la dualidad de la visión del ser humano sobre cualquier cosa que se someta a su escrutinio. Como también en clave igualmente infantil estaría el dúo formado por Leoncio León y Tristón (“¡oh, cielos, Leoncio, qué horror…!”), inolvidables personajes del homónimo “cartoon” USA de Hanna Barbera en forma de serie televisiva, curiosamente también de los sixties.

Hay dos lobos, efectivamente, como hay dos miradas sobre el mundo. Bird, y su película, apuestan obviamente por el lobo amoroso, aunque todo aliente, hogaño, por el otro, por el que se alimenta de la guerra, la insolidaridad y el desdén. Como seguramente no podría ser de otra forma, la película juega la baza positivista, la carta optimista como forma de vencer los negros presagios que desde hace demasiado tiempo nos acechan como especie dominante de un planeta que seguramente nunca debimos heredar, a la vista de lo que hemos hecho con él. En cualquier caso, la visión iluminista será la políticamente correcta y la que procede en este tipo de cine que busca reventar taquillas, lo que desde luego no haría con mensajes catastrofistas, por muy realistas que sean.

El problema en Tomorrowland, como en el mentado capítulo de Misión Imposible, es que Bird parece manejarse mucho mejor en un universo en el que los actores tienen solo dos dimensiones y nacen de la mente de un guionista en vez de las entrañas de una mujer. El cine de Bird parece estar hecho para ser puesto en imágenes con dibujos, donde todo es posible, incluso un mundo en el que un mocoso es capaz de construir un artefacto para volar, aunque viva en 1964, dos décadas antes de que el primer prototipo de esas características fuera mostrado públicamente por la NASA. Así las cosas, la historia con personajes de carne y hueso resulta excesivamente fantástica, como si estuviera fuera de lugar, fuera del contexto que le debería ser propio, los bytes de un ordenador o la afilada punta del lápiz de un dibujante,

Por supuesto, los efectos digitales quitan la respiración, la historia se sigue con agrado, y queda un filme amable, obviamente optimista (aunque por el camino haya quedado claro que la evolución de la civilización humana dista mucho de poder serlo), con un George Clooney con un personaje entre el científico loco y el superhéroe sin leotardos ni capa, y un descubrimiento, la estupenda Britt Robertson, que ya nos gustó mucho en la serie televisiva La cúpula, y que aquí se come con papas a todos cuantos aparecen con ella en pantalla. Mención especial para la jovencísima Raffey Cassidy, no tanto porque sea una actriz especialmente buena, sino sobre todo por tener uno de esos rostros magnéticos que no es fácil dejar de mirar.


 


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130'

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Tomorrowland. El mundo del mañana - by , Sep 16, 2015
2 / 5 stars
Hay dos lobos