Película: Toni Erdmann

Está visto que las películas, como casi todo en esta vida, pueden ser vistas y apreciadas de muy diversa manera. Esta Toni Erdmann ha cosechado, en general, muy buenas críticas, y los premios le están lloviendo; cuando se escriben estas líneas está nominada al Oscar a la Mejor Película en Habla No Inglesa (vulgo Película Extranjera), y ha conseguido premios en festivales tan variados como Bruselas, Atlanta, Sevilla e incluso Cannes, y hasta ha arrasado en los Premios del Cine Europeo.

No comparto tanto entusiasmo. Toni Erdmann, en opinión del firmante, es una interesante comedia de corte negro, con una intencionalidad que no se corresponde con su plasmación en la pantalla. Porque en cine conviene que fondo y forma armonicen; puede ocurrir que no sea así, y que el tema que se trate sea tan lacerante, o tan potente, que dé un poco igual que la forma deje bastante que desear. No es el caso.

La acción se desarrolla mayoritariamente en Rumanía, en nuestros días. Un hombre alemán, sesentón y con tendencia a la continua broma esquinada, visita a su hija, una alta ejecutiva que está destinada en el país romanizado por Trajano, en una empresa que se dedica a evaluar la actividad de las empresas para, en su caso, despedir a los trabajadores que se consideren (desde la desalmada –en cuanto a que carece de alma— visión de la corporación que la contrata) innecesarios. El padre observa en esa corta visita que la hija, con muy buena posición económica, sin embargo carece de una vida en sentido estricto; está volcada absolutamente en su trabajo y no hay lugar para nada más. Entonces concibe la broma calculada de inventarse un heterónimo, un alter ego, el Toni Erdmann del título, del que se disfraza con horrible pelucón como de jipi de los sesenta y dentadura de carnaval o de Halloween (esto le pilla más cerca…).

El sentido del filme es evidente: ese padre cuyo sentido del humor es más bien suicida (aparte de poco apreciable, me temo, al menos para nosotros los sureños; aquí se diría que tiene la gracia en el culo, como las avispas…) pretende que su hija se percate de hasta qué punto la vida que lleva no es vida, cómo está dejando pasar aquellas cosas que realmente importan en la existencia, cómo la ambición profesional, aunque pueda ser plausible, no puede ser omnipresente, no puede convertirse en el fin de todo.

Ese loable objetivo del vejete bromista está dado, sin embargo, con un desaliño formal impropio de una cinematografía como la alemana, preponderante en la producción, con la colaboración de los austríacos y los aborígenes rumanos. La cámara tiene poca idea de dónde situarse, los planos se alargan extenuantemente (sin contenido, además; otra cosa sería si lo tuvieran), y la propia película alcanza, para nuestra tortura, las dos horas y cuarenta y dos minutos, cuando con poco más de la mitad se podría haber dicho esto mismo y mucho mejor.

El primer mandamiento, no aburrir. Lo decía Hitchcock, que de esto sabía algo. Así que el contenido de Toni Erdmann, interesante y que llega al espectador, por cuanto habla de la vida y lo que realmente importa en ella, sin embargo en la forma en la que se nos presenta llega un momento en que nos importa un pito el viejo, su heterónimo, la hija y el resto de la patulea de sus compañeros alemanes en Rumanía.

Maren Ade, la directora, hace con este su tercer largometraje, tras Los árboles no dejan ver el bosque (2003) y Entre nosotros (2009). Su actividad principal es la de productora (de hecho, fue la coproductora alemana de la irregular trilogía portuguesa de Las Mil y Una Noches), y el tiempo que tarda entre cada película parece confirmar que le faltan tablas como directora y saber que el cine es, también, e incluso diría sobre todo, cuestión de medida. Lo mismo que no se puede hacer Lo que el viento se llevó en menos de cuatro horas, no se puede hacer una Toni Erdmann que sobrepase holgadamente las dos y media.

Queda entonces la buena intención, el empeño en despabilar a los que creen que la vida se limita a trabajar mañana, tarde, noche y madrugada, a quienes creen que van a heredar la empresa, a quienes, además, tienen como tarea destrozar la vida de los demás, vía despido, como en este caso, metafóricos “killers” de sus semejantes con el corazón acorchado. Encomiable intención, entonces, la de fräulein Ade, pero lamentable la forma de exponerlo en una película.

Los protagonistas, Sandra Hüller y Peter Simonischek, tienen ya una dilatada trayectoria audiovisual (sobre todo el segundo, mayormente por razones de edad), y parece que esta película los puede poner en el mapa internacional, a pesar de que ella esté casi todo el filme como un poco ida, como si no tuviera demasiado claro cuál es su papel, y él se dedique a hacer el payaso prácticamente en cada ocasión que aparece (claro que no es culpa suya, sino del guión), con escaso éxito; al menos así me lo parece: me perdonarán los que adoran la película y el personaje, cuyas “gracias” (las comillas, esas comillas) incluyen con una reiteración digna de mejor causa un rallador de queso. No seré yo quien diga que no se puede hacer humor con cualquier cosa, pero lo fundamental es eso: que se haga humor, no patochadas…


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162'

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Toni Erdmann - by , Jan 25, 2017
2 / 5 stars
Un rallador de queso