Película: Toro

Ya intuimos en Eva que había en el catalán Kike Maíllo un cineasta de fuste. Su segundo largometraje, este Toro, así lo confirma, y también que es un director que gusta del cambio de tono, de estilo, de género y de lo que se tercie. Porque Maíllo ha hecho cosas tan diversas como la crónica generacional en dibujos animados de la serie Arròs covat para TV3, la televisión autonómica catalana, y el filme de ciencia ficción emocional que es Eva, para ahora pasarse al thriller de acción que resulta ser, en principio, este Toro. Y en todos esos tonos o géneros Maíllo se desenvuelve con solvencia, como debería ser en un director, en un paradigma que tiene a Howard Hawks como máximo exponente. Por supuesto, Maíllo no es Hawks, ni nadie se lo pide, pero sí se agradece su versatilidad, su capacidad para hacer cosas tan diversas, y hacerlas bien.

Costa del Sol, en la actualidad. Un joven, metafóricamente amamantado desde niño por un mafioso que cultiva una imagen pública de inmaculada religiosidad (es Hermano Mayor de una cofradía malagueña, nada menos), decide cortar con el mundo de delincuencia en el que está inmerso desde tan pequeño, pero hará un último trabajo para el que considera como su padre. El golpe sale mal y uno de sus dos hermanos es matado a tiros por la Policía. Tras varios años en la cárcel, ahora está en régimen abierto, tiene novia y pronto dejará de tener que pernoctar todas las noches en la prisión. Pero su otro hermano, un bala perdida con hija preadolescente a su cargo, le obligará a enfrentarse a su antiguo mentor…

Llama la atención en Toro el hecho de que, siendo un thriller aparentemente de acción, sin embargo la clase cinematográfica de Maíllo lo trasciende, convirtiéndolo realmente en una película que juega libérrimamente con la historia de Edipo, al que, según el mito griego, su padre, el rey Layo, decidió matar cuando se enteró de que ese hijo sería quien acabaría con él. Aquí Edipo tiene maneras de quinqui y Layo brutales formas de mafioso ruso o exyugoslavo, pero son reconocibles. Incluso otra de las características de la historia edípica, el arrancamiento de los ojos del héroe cuando se entera de que se ha casado, sin saberlo, con su madre, Yocasta, tiene también su correspondencia (física, no moral) en el filme.

Así las cosas, este Edipo en la Costa del Sol termina siendo realmente una historia sobre la familia, como ya lo era, en otra onda, Eva. Aquí estamos de nuevo hablando de los límites de lo que llamamos familia, pero también sobre lo que nos vemos obligados a hacer cuando la sangre, esa sustancia telúrica que nos remonta a Adán y Eva, o al australopitecus, nos llama perentoriamente.

Pero lo más interesante, para mi gusto, de Toro es que, siendo una película en la que la acción es espectacular, lo realmente llamativo son los detalles de puro cine que el director se permite, como la escena del regreso de Toro a casa de su novia, un prodigio de resolución cinematográfica, preñada de fatalismo, resuelta de manera portentosa, con detalles ominosos que anuncian calladamente la horrenda realidad. O toda la parte final, en lo que, de nuevo con aires de mito griego, parece la entrada de Orfeo en el Hades (ese edificio con un patio central de círculos concéntricos, como el Infierno del Dante), sólo que aquí, en lugar de rescatar a Eurídice, irá en busca de su particular Layo, en una mezcla mitológica cuando menos curiosa, por no decir extraordinariamente creativa.

Claro que la parte de acción lastra el filme. Maíllo la resuelve con pericia, pero es claramente una concesión a la galería, en una película costeada que tiene que conseguir el adecuado retorno de taquilla. Esas concesiones hacen que Toro no sea el filme espléndido que pudiera ser, pero no impide que sea una buena película, con momentos, escenas, algunas secuencias, memorables.

El guión de Rafael Cobos (habitual colaborador del sevillano Alberto Rodríguez) y Fernando Navarro pone las bases para que, con la creativa dirección de Maíllo, Toro se convierta en una más que interesante e inhabitual propuesta del cine español, en una sugerente mezcla de calidad y comercialidad.

Entre los intérpretes, Mario Casas nos sigue pareciendo un actor bastante limitado, aunque es cierto que hace denodados esfuerzos por convertirse en su personaje. De todas formas, tiene algunos problemas de vocalización que sería bueno que corrigiese, porque a veces no se entienden bien los diálogos puestos en su boca. Luis Tosar vuelve a hacer un personaje negativo, aunque en este caso sea más un perdedor, un tipo al que la vida ha zarandeado (fundamentalmente por su inepcia) hasta dejarlo hecho una piltrafa, un hombre que cree poder salir de su marasmo vital estafando al capomafia que lo tiene a sueldo como pequeño matón. José Sacristán es el metafórico Layo ideal, un hombre sin entrañas capaz de ordenar la muerte de su ser más querido con tal de salvarse él mismo. Entre los secundarios me quedo con Claudia Vega, la joven actriz catalana, aún adolescente, que ya nos subyugó en Eva, y que aquí está, también, deslumbrante. ¡Qué porvenir tiene esta chica, si no se tuercen las cosas!


 


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100'

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Toro - by , Apr 23, 2016
3 / 5 stars
Edipo en la Costa del Sol