Película: Transcendence A las tareas de dirección cinematográfica se puede llegar por muy diversos caminos. El más habitual quizá sea el de guionista, también el de actor, y ya en menor medida en el resto de los gremios audiovisuales. El de los directores de fotografía es un camino relativamente poco transitado para llegar a la dirección, y casi siempre (con las honrosas excepciones correspondientes) suelen volver a sus actividades previas como “cinematographer”, como le dicen en los USA. Wally Pfister es un director de fotografía de ya larga carrera, que se ha hecho como tal todas las películas dirigidas hasta ahora por Christopher Nolan, desde la iniciática Memento hasta la última que nos ha llegado cuando se escriben estas líneas, El caballero oscuro. La  leyenda renace.

Pero, como suele ocurrir con los directores de fotografía, que saben mucho de imagen pero no tanto de contar historias, su primera película como director a secas deja bastante que desear. Es cierto que no toda la culpa es suya, sino sobre todo de un endeble guión enjaretado, en su primera aparición en tal papel, por Jack Paglen, que ya hay que tener moral para hacer una producción de cien millones de dólares con un primerizo en esto de la escritura cinematográfica.

Transcendence juega con un concepto que no es precisamente nuevo, el de la posibilidad, por ahora inviable, de que alguna vez sea factible transferir la mente de un ser humano a una máquina. En la literatura de ciencia ficción se ha tratado el tema (Brian Aldiss y Poul Anderson, entre otros) y en cine tampoco es un tema nuevo; recuérdese, sin ir más lejos, El cortador de césped, basado libérrimamente en un relato de Stephen King. Así que novedoso no es el tema, y tampoco su plasmación: un científico que investiga la inteligencia artificial y la posibilidad de que ésta pueda llegar a tener lo que los humanos llamamos alma, es herido de muerte por un terrorista antitecnológico. Su mujer, también eminente científica, ante la desesperación del óbito a corto plazo de su marido, da en realizar un experimento por el que transferiría la mente del hombre a un poderosísimo ordenador de última generación. Lo que en principio parecía descabellado deja de serlo, pero los acontecimientos empiezan a tomar un rumbo pavoroso…

La verdad es que Johnny Depp se ha arriesgado aquí, no tanto por la temática, al fin y al cabo otro “blockbuster” con extraordinarios efectos especiales y con toda la intención de reventar las taquillas, sino por prestarse a hacerlo con un cineasta párvulo en las tareas de dirección y con un guión que, ciertamente, no es para tirar cohetes (la expresión quizá no sea la más adecuada, teniendo en cuenta que es de ciencia ficción…).

Y lo cierto es que el envite le ha salido rana: la taquilla no ha respondido, ni de lejos, en la medida que se esperaba, hasta el punto de considerarse un fracaso económico en los USA y, me temo, también en el resto del mundo. Tampoco la crítica se ha mostrado entusiasmada, sino más bien al contrario. Así las cosas, la palabra fiasco ha salido a la palestra, como no podía ser de otra forma.

Transcendence adolece del peor defecto que se le puede imputar a un filme de ciencia ficción, el aburrimiento; a pesar de que pasan muchas cosas, todas ellas se nos da una higa, como decían los clásicos. Los cabos sueltos no es que abunden, es que forman parte del propio guión, como si el libretista no hubiera sabido encajarlos adecuadamente en la estructura de la historia y camparan a sus anchas. Conocedor quizá del cínico aserto español de “ya que no somos profundos, al menos seamos oscuros”, el guionista se dedica a lanzar tinta de calamar con ribetes seudocientíficos para oscurecer sus evidentes carencias. Así las cosas, la película languidece hacia el apocalipsis anunciado en la primera secuencia, algo así como la situación catastrófica que presenta la serie televisiva Revolution, donde la ausencia de corriente eléctrica ha enviado el mundo a la Edad Media.

Es curioso pero Depp, por su personaje, pronto transferido a una máquina, tiene una presencia bastante limitada en pantalla (salvo la voz en off, que es casi omnipresente), por lo que debe ser la estrella protagonista con menos aparición en efigie de los últimos tiempos…

Pfister no promete mucho como cineasta; ha sido capaz, es cierto, de poner en imágenes un filme bastante complicado, sobre todo por la constante implicación de los efectos especiales y visuales, pero su estilo es de lo más plano; mientras que como director de fotografía, sobre todo en los filmes de Nolan, demostraba personalidad, capacidad de adaptación a cada película, aquí carece en sentido estricto de estilo, es un mero pegaplanos aseadito pero poco más.

Además, tanto Pfister como su guionista Paglen se dejan vivo el tema, el de la posibilidad de que la inteligencia artificial pueda asumir la conciencia de sí mismo, que sería lo más parecido a ser un ente pensante, como un ser humano pero con una capacidad intelectiva cuasi infinita. ¿Puede una máquina tener alma, se plantea inicialmente la película? Pero pronto se olvidan esa y otras preguntas de semejante jaez, que tan bien (y también) convienen a un filme de ciencia ficción que se reputa serio; así las cosas, no se puede despachar tan interesantes, graves propuestas, con una faena de aliño, pasando como la luz a través del cristal, sin dejar mácula.

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119'

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Transcendence - by , Jun 22, 2014
1 / 5 stars
Intrascendente