Película: Un cuento chino El cine sobre maniáticos tiene su más claro exponente, probablemente, en Mejor imposible, aquella comedia de James L. Brooks que nos permitió disfrutar de una de las mejores composiciones de un Jack Nicholson ya madurito. Por esa senda, aunque con notables variantes, parece discurrir esta coproducción hispano-argentina, con ferretero misántropo, maniático hasta la náusea, misógino también de puro y cerrado egoísmo, cuyas pétreas defensas como de Jericó serán derribadas por las trompeteas más bien inanes de un chinito al que recoge de la calle por un cúmulo de azares.

Sebastián  Borensztein, de aún corta filmografía, demuestra cierta buena mano para la puesta en escena, si bien es cierto que no se puede decir que sea precisamente un estilista. Tampoco es un pegaplanos: tiene cierta capacidad para narrar con verosimilitud, aunque esta historia resulte a ratos más bien marciana, sobre todo en los excursos del protagonista y su representación en imágenes de las noticias surrealistas que colecciona compulsivamente, y que finalmente tendrán un papel central en el desenlace de la trama.

Fábula al fin y al cabo (y no me refiero a la intervención de una vaca como elemento importante en el desarrollo de la historia), Un cuento chino no deja de ser una bienintencionada (pero no por ello fallida) película, sobre la posibilidad de que incluso el ser más reacio a relacionarse con los demás, pueda sucumbir ante la necesidad de contactar con los otros. Es verdad que se sabe que la historia terminará como termina (eso sí, en un anticlímax poco habitual), pero también que no estamos ante una película de misterio sino ante un entreverado entre drama, comedia, costumbrismo y pintura (sur)realista.

Historia también sobre la incomunicación en sentido literal, con dos seres abocados a convivir entre cuatro paredes sin poder entenderse, es también una metáfora de la soledad, de la soledad voluntaria (la del protagonista, el maniático argentino traumatizado por la Guerra de las Malvinas y su trágica consecuencia familiar) y de la involuntaria (el chinito que busca a su tío sin encontrar otra cosa que este porteño hosco, malhumorado y en permanente guerra con todo el mundo).

Ricardo Darín, como casi siempre, está espléndido. Más difícil era el trabajo del actor chino, este Ignacio Huang que, ciertamente, consigue transmitir con verosimilitud, sólo con sus miradas y su aspecto apocado, el desvalimiento casi de perrillo abandonado que ablandará, aunque sea momentáneamente, las defensas inexpugnables del mayor maniático que haya existido en Buenos Aires, ese que sólo se duerme cuando su viejo reloj despertador marque exactamente las 23:00 horas, ni un minuto más, ni un minuto menos…

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100'

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Un cuento chino - by , Jun 23, 2011
2 / 5 stars
Dormir a las 23:00 (exactamente…)