Película: Una cuestión de tiempo Richard Curtis tiene una corta carrera como director (sólo tres películas cuando se escriben estas líneas) pero una larga trayectoria como guionista, con títulos muy conocidos como Cuatro bodas y un funeral, El diario de Bridget Jones, en cine, y las series Mr. Bean y Spitting Image (los guiñoles británicos en los que se inspiraron sus homólogos españoles de Canal Plus). Es, por tanto, más un guionista, un creador de historias, que un director sensu stricto. No obstante, es cierto que cuando se pone a dirigir, lo hace con solvencia y unas tablas que parecen más propias de un cineasta curtido en puestas en escena cinematográficas. Véase el caso de Love actually, su debut en la dirección, que sin ser ninguna maravilla, sí que resultaba ligera y bien contada, sin los habituales acartonamientos típicos de casi todos los noveles.

En Una cuestión de tiempo Curtis se dedica a lo que mejor sabe, contarnos una historia romántica en clave de comedia (o viceversa, que nunca se sabe cuál de los dos géneros predomina), si bien en este caso introduce un elemento, que no sé si llamar fantástico, de ciencia ficción, o bien simplemente un recurso disparatado utilizado por el director para su conveniencia, como es la posibilidad de que los hombres de la familia protagonista (¿por qué sólo los hombres? ¿Habemus un poquito de misoginia?), al cumplir los veintiún años, adquieran la capacidad de viajar en el tiempo, siempre hacia atrás, y a situaciones que ya hayan vivido previamente.

Lógicamente, ello confiere unas posibilidades casi taumatúrgicas al protagonista, si bien en el transcurso del filme se podrán extraer conclusiones interesantes sobre si esa facultad, en la realidad, tiene o no razón de ser.

En cualquier caso, está claro que esa capacidad para moverse en el tiempo no deja de ser una excusa, un McGuffin que Curtis utiliza para, como suele ocurrir con su cine (dejamos a un lado la serie Mr. Bean, que no parecía tener moraleja alguna), siempre tiene algún tipo de tesis, alguna clase de conclusión a la que llegar, alguna forma de enseñanza para la vida. Aquí es evidente (no la destriparemos, obviously), pero parece claro que lo del viaje en el tiempo es más una excusa que otra cosa, resuelta de forma absolutamente acientífica, más propia de cuentos de hadas o de relatos de misterio.

La historia del gurripato protagonista, de pelo de color zanahoria y, como todos los adolescentes, con un considerable furor hormonal, se ve con complicidad, tiene algunos buenos golpes y, en general, resulta agradable. Quizá peca en exceso del recurso a la escena en la que el protagonista mete la pata a modo (ese momento en el que se dice uno a sí mismo: tierra, trágame…), para que pueda reconstruir la escena momentos después conforme a lo que más le interesa.

Por lo demás, buen trabajo del protagonista, Domhnall Gleeson, de imposible nombre de pila, hijo del actor británico Brendan Gleeson, del que evidentemente ha heredado su talento. Es cierto que no tiene muchas posibilidades de hacer de galán, aunque aquí lo hace, teniendo en cuenta que no es una comedia romántica al uso, sino más bien en clave costumbrista, con gente normal y sin guapezas de rompe y rasga. Entre los secundarios nos quedamos con un estupendo Bill Nighy, que compone uno de esos padres absolutamente adorables, como para poner en un marco, un papel, por cierto, en las antípodas del que él mismo interpretó para el propio Richard Curtis en la mentada Love actually, donde era un rockero muy pasado de rosca.

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123'

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Una cuestión de tiempo - by , Nov 24, 2013
2 / 5 stars
Tierra, trágame