Película: Verónica

Tenemos aprecio por Paco Plaza, el interesante director que, solo o en compañía de otro (Jaume Balagueró, por más señas), ha hecho películas interesantes como El segundo nombre (2002) y, sobre todo, con Balagueró, la seminal REC (2007), que jugó muy inteligentemente con el venero iniciado por El proyecto de la bruja de Blair (1999). También ha hecho filmes más endebles, como Romasanta, la caza de la bestia (2004) y REC 3. Génesis (2012).

En el caso de su nueva película, Verónica, me temo que se ha quedado un poco en tierra de nadie. De entrada, el hecho de estar inspirado en hechos reales, según se cuenta el único caso documentado (en tanto que figura como tal en un atestado policial) de hechos paranormales que terminan en asesinato inexplicable e inexplicado, tiene su interés, aunque ya sabemos que el cine no tiene por qué ser notario de nada, y su esencia puede ser re-crear la vida, pero también crear ex nihilo. Por esa parte tenemos el interés relativo de lo que parece que sucedió, aunque es evidente que, de ser así, aquí se ha fantaseado mucho, porque buena parte de lo que se cuenta, hasta que se llega al clímax final, es indocumentable, y además ya se sabe que el cine tiende, en productos comerciales, a magnificar los hechos, algo perfectamente aceptable.

Madrid, junio de 1991. En un barrio popular (parece Vallecas: al menos los aficionados se visten con la equipación del Rayo para ver los partidos en la tele del bar) vive Verónica, una adolescente de quince años, que cumple durante gran parte del día la función de segunda madre de sus hermanos pequeños (dos mellizas como de siete años y un niño quizá de cuatro), al estar su progenitora durante la mayor parte de la jornada en el negocio de restauración familiar que es el sostén económico del hogar. El padre murió recientemente, desconocemos en qué circunstancias, y la adolescente, que lo añora, cae en la tentación de, junto a unas amigas del cole, intentar hablar con él a través de una sesión de ouija. Pero las cosas no salen como esperaban, el tablero se rompe y, desde ese momento, la chica comienza a percibir una presencia extraña y malévola en su día a día…

El problema, para mi gusto, es que Plaza opta en toda la primera parte por el recurso al susto como forma de dar miedo, tan manido ya que resulta agotador, tan previsible además, con el crescendo correspondiente de la música que te va alertando de que algo horripilante va a pasar, aunque finalmente no pase gran cosa. Menos mal que, conforme nos vamos acercando al final, el tono cambia y donde se buscaba el susto, ahora lo que se procura es crear una atmósfera de terror alucinante que, ciertamente, funciona bastante bien; opta el director, con buen criterio, por utilizar recursos sutiles, como la sombra chinesca que actúa como si fuera algo tangible, físico; no es la primera vez que se usa, pero está poco vista y, desde luego, obtiene los resultados deseados. Esa última media hora es potente, produce con frecuencia genuinos escalofríos en el espectador, que es a lo que debe aspirar cualquier filme de terror que se precie y, en definitiva, es el tono que debiera haber imperado durante todo el metraje.

Otra cosa es que resulta cuando menos extraño que una chica a la que empiezan a suceder cosas tan raras como que el tablero roto de la ouija se tire por sí solo, literalmente y varias veces, desde lo alto de un armario ropero, no busque de inmediato, sino mucho después, el auxilio de un adulto, mayormente de la madre, y cuando lo intenta lo hace tan mal que produce justo el efecto contrario e incita a pensar a los demás que tiene algún problema psicológico sin relación con el terror sobrenatural que la asuela. Esos fallos de guion tampoco ayudan a la credibilidad de la historia, y las películas de terror también tienen que atenerse a criterios de racionalidad y verosimilitud, por muy fantasiosas que sean.

El conjunto, entonces, es irregular: la hora inicial es tirando a bostezante y la última media hora mucho más interesante. Al margen de ello, hay una intrahistoria diríamos social, con la adolescente cuya primera menstruación aún no se ha producido, a pesar de tener una edad en la que normalmente ya ha ocurrido, y la forma en la que, quizá, ello influya en el devenir de los hechos; los cambios hormonales, en varón y mujer, a esas edades, son ciertamente muy importantes, incluso mayores en las chicas. ¿Estamos entonces ante una metáfora en clave terrorífica de lo que puede acontecer con una púber con algún tipo de desarreglo hormonal? No parece que la documentación del caso apoye esa circunstancia, si se toma en consideración que, efectivamente, hubo algo paranormal que influyó en el trágico desenlace.

En cuanto a la interpretación, la adolescente protagonista y los niños prácticamente debutan en el cine: la joven nos parece tirando a sosita, las niñas dan algo más de juego y el crío pequeño, de peculiar aspecto, prácticamente no tiene papel digno de tal nombre. Ana Torrent aporta su seguridad y buen hacer en un papel secundario pero apreciable, y desde luego nos quedamos con la linense Consuelo Trujillo, que hace toda una creación de su papel de monja ciega (por cierto, un personaje que creo no es la primera vez que aparece en el cine de Plaza), a la que los colegiales, siempre tan crueles (quizá tan exactos, en este caso), llaman Sor Muerte. Así que al final, susto o muerte, o ambas cosas a la vez…


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105'

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Verónica - by , Aug 31, 2017
2 / 5 stars
Susto o muerte (o ambas cosas)