Película: Viaje a la Luna El cine tiene una deuda impagable con Georges Méliès, aquel loco genial que vio que el cine era más, mucho más, que un mero entretenimiento para contemplar postales con personajes que se movían. Si todos los que se hubieran dedicado al cine hubieran tenido la misma imaginación que los hermanos Lumière, todavía estaríamos filmando salidas de fábricas, trenes entrando en estaciones o salidas de misas. Pero Méliès, que tenía el veneno de la creatividad, supo ver, desde aquella primera proyección de los hermanos Lumière, a la que asistió, en el Boulevard del Capucines de París el 28 de diciembre de 1895, que el cinematógrafo tenía unas posibilidades insospechadas.

Prácticamente desde ese momento Méliès se vuelca en el cine; su producción, al principio cortos con imágenes en la misma línea que los Lumière, pronto dará entrada a pequeñas versiones de clásicos, de Fausto a algún pasaje religioso. Pero cuando realmente da un paso de gigante en el lenguaje cinematográfico es en este filme, Viaje a la luna, que ha quedado como una pequeña maravilla de fantasía e imaginación. Basándose muy libremente en la novela de Jules Verne De la Tierra a la Luna, Méliès imagina un grupo de astrónomos (aunque por la pinta más parecen astrólogos al estilo del artúrico Merlín…) concibiendo un viaje a la luna mediante el verniano procedimiento del cañón cargado con una bala gigantesca, convenientemente apuntado hacia nuestro satélite. Veremos después los preparativos del lanzamiento, con unos fondos pintados de irresistible encanto naïf, y una vez lanzado, asistimos al que probablemente es el primer travelling de la Historia del Cine, con una visión subjetiva de lo que supuestamente se vería desde la bala de cañón aproximándose a la Luna, antropomorfizada para la ocasión como una cara masculina en cuyo ojo derecho se empotra la nave terrícola. Ya en la superficie de la luna (con un aspecto enteramente como de escenario teatral…), los científicos-astronautas, tras la primera sorpresa, se echan a dormir, lapso de tiempo en el que aparecerán las estrellas (para la ocasión de nuevo con rostro humano, en este caso femenino) y otros astros celestes, como un Saturno con muy malas pulgas.

Asistimos después al encuentro con los selenitas, personajes que parecen sacados de un carnaval, y que desaparecen como desintegrados cuando los científicos los atacan con sus bastones o paraguas. Capturados, son llevados ante su rey, pero el científico líder lo desintegra también y salen por patas hasta llegar a la bala cañón, volviendo a la Tierra gracias a la fuerza de la gravedad, en un despropósito acientífico que hará las delicias de cualquiera con sentido del humor.

Filme obviamente en mantillas en cuanto al lenguaje cinematográfico que posteriormente fue tomando forma, Viaje a la luna, sin embargo, conserva intacta su ingenuidad, su extraña fascinación por un mundo inverosímil, tanto el selenita como también el propiamente terrícola, un mundo de científicos que parecen magos y magos que parecen científicos, de selenitas que parecen zulúes y astronautas que parecen caballeros dickensianos, con enormes pelucones y levitas victorianas.

Méliès utiliza con fruición uno de sus trucos técnicos, el stop trick o desaparición de pantalla de cualquier personaje o cosa, que descubrió por casualidad unos años antes, así como la sobreexposición de imágenes; pequeños trucos que entonces parecían auténticos prodigios de magia, pero que el tiempo dejaría obsoletos.

Con todo, ver hoy día, en pleno siglo XXI, esta pieza de arqueología nos llena de emoción: Méliès fue uno de aquellos pioneros que inició el camino: sin él, y sin otros, muy pocos, como él, no existiría el cine sensu stricto.

Uno de los privilegios de los que hemos nacido en el siglo XX es haber asistido a la evolución de un arte, el cine, desde sus pañales hasta su mayoría de edad. Otras generaciones se han encontrado ya las artes más que sustanciadas, articuladas y vertebradas. Los que hemos nacido con el cine, y también con la fotografía, que es algo anterior, hemos sido tan afortunados como si hubiéramos podido asistir al mismo tiempo a la construcción de la pirámide de Keops y al World Trade Center, como si hubiéramos visto esculpir el Discóbolo de Fidias y el Peine de los Vientos de Chillida, como si hubiéramos visto pintar los bisontes de Altamira y el Guernica de Picasso. Pocas, muy pocas generaciones, pueden decir lo mismo.

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Viaje a la Luna - by , Mar 30, 2013
4 / 5 stars
Aquí empezó (casi) todo