Película: WALL-E

No soy el primero que lo dice, ni tampoco seré el último: el cine de animación digital de hoy día es, con mucho, el de mayor calidad dentro del cine de dibujos animados; películas como la saga de Shrek (menos el tercer episodio, lamentable), el díptico (por ahora…) de Ice Age, Hormigaz o Bee Movie confirman que estamos en una edad de oro de esta variante moderna del clásico “cartoon”.


Pero donde se llevan la palma en cuanto a calidad e incluso cantidad de este tipo de magníficas películas para niños que disfrutan mucho más los adultos es en esa pareja de hecho que componen, un poco a trancas y barrancas, Pixar y Walt Disney. El primero pone el talento de sus creadores, desde John Lasseter a Peter Docter, pasando por Andrew Stanton, entre otros; los segundos ponen la envergadura empresarial de lo que es un gran conglomerado industrial con intereses en muy diversos campos, aunque los más evidentes son los relativos a la industria audiovisual y de ocio; de esa coyunda han surgido títulos espléndidos como el díptico Toy Story (cuando se escribe este comentario se anuncia ya la tercera parte para 2010), Bichos, Monstruos S.A., Buscando a Nemo, Los increíbles y Cars, entre otros.


La última perla de esta brillantísima pareja es, por ahora, esta WALL-E de tema desusadamente triste, casi emparentado con aquella bellísima elegía de la Humanidad que fue A.I. Inteligencia Artificial, de Spielberg. La acción se desarrolla en un tiempo indeterminado, pero que por algún dato que se indica en la película se puede calcular sobre setecientos años más adelante en el futuro de la Tierra; nuestro planeta ha quedado devastado, presumiblemente por guerras nucleares, y es incapaz de generar vida vegetal; por tanto, la raza humana se han lanzado al espacio, donde se encuentra en idílicos cruceros galácticos indefinidos que han erradicado totalmente el esfuerzo y han impuesto el disfrute de vacaciones permanentes, con una legión de robots que cuidan de que la vida de las personas sea un interminable aunque aburrido paraíso.


En la Tierra, un modesto robot encargado de empaquetar incesantemente las miles de toneladas que la civilización dejó sobre el planeta, encuentra el humilde brote de una planta; otro robot mucho más avanzado, EVA, llega en una nave con piloto automático para rastrear la presencia de vida vegetal en el antiguo hogar humano, en una prospección prevista para la posible vuelta del ser humano a su hogar patrio, y allí conoce a WALL-E; el descubrimiento del brote vegetal desencadenará un viaje iniciático, una extraordinaria aventura, pero también un acercamiento de aquellos dos artilugios de acero y chips de silicio.


Lo primero que sorprende en esta magnífica WALL-E es, precisamente, su inicial pesimismo: los primeros planos muestran una tierra en la que las gigantescas moles de los antiguos rascacielos, abandonados siglos antes, rivalizan en altura con las inmensas montañas de basura, pulcramente apilada por robots como el personaje central: todo es ceniciento, muerto, olvidado, en ese mundo de pesadilla que alguna vez acogió al Hombre.


Pronto, sin embargo, nos reconciliamos con la inteligencia con el protagonista, uno de esos robots feos (es cierto, recuerda mucho al “Número 5” de aquella vieja película de John Badham, Cortocircuito) pero que enseguida caen irremediablemente simpáticos: su relación con una especie de cucaracha o grillo, en lo que es una extraña amistad máquina/animal; su atestada casa, llena de cachivaches que va recogiendo de la basura, como un Diógenes metálico; sus recuerdos de lo que fue otrora la Humanidad, como una vieja película musical (Hello, Dolly, de Gene Kelly), que ve una y otra vez, extasiado con las manos entrelazadas de los protagonistas… Cuando llegue el nuevo y aerodinámico robot níveo, en principio belicoso pero después más tratable, el robotito basurero creerá haber encontrado algo que no sé si llamar amor, pero desde luego no puede ser una mera cuestión de química (imposibilidades de los materiales que los componen, sostengo…).


Hay escenas deslumbrantes: cuando EVA enciende el viejo mechero, y la llama se refleja en los ojos ahuevados de WALL-E, estamos ante uno de esos momentos mágicos que, muy de vez en cuando, el cine nos da: la llama no puede ser vida, porque un amasijo de cables no puede vivir; ¿qué es, entonces? No lo sé, pero es tan hermoso… Cuando EVA se queda como catatónica (conforme a lo que tiene firmemente anclado en su memoria virtual por sus fabricantes) cuando encuentra el brote verde, a la espera de que la recoja la nave nodriza, WALL-E intenta reanimarla de muy diversas formas; finalmente, aprovechando que el robot blanco tiene el brazo ligeramente despegado, le tomará la mano (si así puede llamarse), para reproducir, a su manera, la romántica escena musical de la película que tanto le gusta; y ese final, que no destriparé, pero que nos reconcilia con el ser humano a través de estos dos armatostes de ignota vida artificial: si hay gente que es capaz de hacer esta belleza, tal vez no todo esté perdido…


Capítulo aparte para el zurriagazo que Stanton y su guionista Docter atizan al hedonismo actual, llevado aquí al paroxismo en una Humanidad carente absolutamente de cualquier tipo de interés que no sea disfrutar permanentemente de ocios amorfos, que les ha convertido en seres inermes, una legión de inútules incapaces de hacer nada por sí mismos: la ilusión de la vuelta a la Tierra será el catalizador que volverá a llenar sus venas de sangre.


Y esos homenajes a la seminal 2001, Una Odisea del Espacio, en apuntes como el gran ojo rojo de Auto, el ordenador de a bordo (primo hermano del famoso HAL de la obra maestra de Kubrick, ambos renuentes a obedecer las órdenes de los humanos que los fabricaron), o los inolvidables acordes de Also sprach Zaratustra cuando el capitán se pone en pie, tantos siglos después de que el hombre dejara de hacerlo… Lo dicho, una delicia.


 


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98'

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WALL-E - by , Jul 22, 2015
4 / 5 stars
El chip de silicio "partío"...