C R I T I C A L I A C L Á S I C O S
Disponible en MOVISTAR+, FLIXOLÉ y PRIME VIDEO.
[En este año 2026 se cumple una doble efeméride sobre Pepe Isbert, uno de los más grandes actores característicos españoles del siglo XX, el 140 aniversario de su nacimiento, y el 60 aniversario de su muerte. En su homenaje, recuperamos la crítica de una de sus películas más célebres]
Años cincuenta. Pueblo de Villar del Río, en plena meseta castellana. Un narrador omnisciente (un estupendo Fernando Rey, con el tono exacto entre la ironía y el cachondeo fino) nos va presentando a los principales personajes de la historia: el alcalde, un tipo deseoso de hacer cosas por su pueblo, pero con escaso éxito, y con tendencia a encasquillarse en los discursos cual disco rayado (de los de antes, los de vinilo, se entiende…); una maestrita con gafitas que es muy estricta con sus alumnos, aunque secretamente sueña con algún maromo de armas tomar; un estirado hidalgo que se cree aún en la época de la conquista de America; un cura convenientemente tridentino, aunque sin pasarse… Pero al pueblo llega la noticia de que los americanos van a instalarse allí, lo que propicia toda clase de sueños de grandeza desde el alcalde al tonto del lugar (que, por supuesto, pueden ser la misma persona). Se hacen grandes preparativos, se engrasa la maquinaria del tópico y el cliché, contratando incluso a una cupletista andaluza para que ayude a dar el pego de que el pueblo cumple con los estereotipos que se supone tienen los yanquis de España, donde presuntamente los hombres iban vestidos de corto y las mujeres de faralaes con el correspondiente clavel reventón en el moño…
Con el concurso de Juan Antonio Bardem en el guion, Luis Berlanga, que ya había colaborado con el cineasta madrileño en Esa pareja feliz, codirigida por ambos, consiguió un gran éxito con esta su primera obra maestra absoluta, una comedia esperpéntica pero al tiempo profundamente histórica sobre la España de Franco de los años cincuenta, la quimera del maná procedente de los americanos y su plan Marshall, y la capacidad del españolito de a pie para ilusionarse con grandes proyectos, aunque después no sean más que fachada de cartón-piedra. Bajo su apariencia desenfadada circula una poco feliz radiografía de una sociedad asfixiada en su propio aldeanismo, pero también sometida a una dura y omnipresente represión política.
Todo es superlativo en la película, lo que no deja de ser sorprendente en un cineasta, Berlanga, que hacía con este su segundo film (y el primero fue firmado en comandita con J.A. Bardem, como queda dicho). Pero la historia, y la forma de contarla, es decididamente extraordinaria, y curiosamente sin que lo parezca… La fina penetración psicológica del carácter del español (en realidad, de todo ser humano), ese carácter que nos mantiene vivos mientras soñamos con un futuro mejor, bien con cosas puramente materiales, bien con fantasías que nos hacen creer que somos mejores de lo que realmente somos, está espléndidamente dada por un cineasta que todavía tendría que darnos muchas y buenas películas, pero que aquí, ciertamente, como es ya un lugar común, estaba en estado de gracia.
Por supuesto, a ello no fueron ajenos ni el mentado Bardem, ni por supuesto el otro coguionista, Miguel Mihura, uno de los grandes comediógrafos españoles del siglo XX (y los hubo muy buenos…), dando forma entre todos ellos a un guion que sería excelente base para presentar este microcosmos de la sociedad rural de la época, en clave deliciosamente humorística
Merecen destacarse algunos hallazgos narrativos tan curiosos como la inteligente mezcla de la narración en off con las imágenes, haciéndolo de tal manera que ambos elementos, imagen y sonido, no resultan nunca redundantes sino felizmente complementarias.
Se recurre frecuentemente, con acierto, al humor del absurdo (Mihura era un maestro en tal cosa...), con mucha sorna y sarcasmo, un sarcasmo trufado de comicidad, a través de la cual Berlanga y sus coguionistas pudieron presentar, “sotto voce”, una apreciable carga política, como el olvido ancestral al que está sometido el pueblo en lo tocante a infraestructuras básicas como el ferrocarril que le tienen prometido desde hace años, pero nunca llega.
Curiosamente, el pueblo en el que se desarrollan los hechos, ese ficticio Villar del Rio que en realidad se rodó en el madrileño Guadalix de la Sierra, es casi como si fuera una localidad en una especie de metaverso, en un universo paralelo en el que no hay Franco, ni Falange Española, ni adustos militares, ni siniestra guardia civil… incluso el jefe político supremo de la provincia tiene el título de “delegado general”, no es el que entonces existía, el casi omnipotente gobernador civil. Porque Villar del Río es, y no es a la vez, un pueblo de la España de Franco, quizá para que las críticas al poder político, y la ridiculización que se hace de algunas de sus figuras (como la del enviado del “delegado general”) no se entienda por la torva censura como una crítica al poder franquista, aunque era obvio para quien tuviera dos dedos de frente que sí lo era.
Hay escenas divertidísimas y que forman parte de lo mejor del cine español, como aquella en la que el entrañable alcalde que compone Pepe Isbert, desde el balcón del Ayuntamiento, les dice a sus conciudadanos y administrados aquello de “como alcalde vuestro que soy os debo una explicación…”, entrando en un bucle del que no sabrá salir, y convirtiéndose, sin quererlo, en un clarísimo antecedente de la famosa frase del presidente Rajoy que dijo aquello de “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”…
Hay ideas ciertamente superlativas, como esa cabeza de toro que colocan… con un toro de verdad, no disecado, o la idea de hacer un listado con todas las peticiones que los pobladores de Villar del Río van a hacer a los yanquis, como si fueran los Reyes Magos, peticiones que se plasmarán únicamente en los sueños de esa noche, con ese alcalde convertido en sheriff de un wéstern de pacotilla, hasta con su duelo y su pelea en el “saloon”, o ese recio hidalgo que se imagina navegando para conquistar América, pero con un océano Atlántico hecho con una obvia tramoya teatral, y con unos indios de opereta que lo meten en una olla para cocinarlo y comérselo…
Todo ello en un pueblo que han disfrazado para parecer lo que no es, un pueblo andaluz donde todo es fachada, cartón piedra y simulación, un pueblo al que para dar más sabor han contratado “ad hoc” a una cupletista, la pizpireta Lolita Sevilla, que canta aquello de “Americanos/ llegan a España gordos y sanos”…, en un desiderátum, el de beneficiarse del Plan Marshall con el que Estados Unidos regaba por aquel entonces algunos países europeos, pero no, desde luego, nuestro país, por su aislacionismo político y su régimen dictatorial.
Un final tibiamente esperanzado tras la decepción dejará una moraleja entre el humanismo, la resignación y el conformismo: y es que los sueños, a la calderoniana manera, sueños son, pero después queda la realidad… Y el pueblo, claro está, volverá a ser el de siempre, con sus rutinas y con su cotidianidad.
Magnífico todo el reparto de grandes actores y actrices de la época, en el que sobresalen, sobre todo, gente tan buena como Pepe Isbert, Manolo Morán y Elvira Quintillá.
(05/06/2026)
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