Película: La librería

Parece que (¡por fin!) Isabel Coixet vuelve por sus fueros. Tras una primera etapa de su carrera en la que la línea fue ascendente, con cimas como A los que aman, Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras y Elegy, parece que a la catalana le hubiera entrado una metafórica pájara y uno tras otro sus posteriores empeños no terminaron de cuajar: Mapa de los sonidos de Tokio, Ayer no termina nunca, Mi otro yo, Aprendiendo a conducir, Nadie quiere la noche… todas quedaron por debajo de las expectativas previstas y, desde luego, del nivel medio de la carrera anterior de Coixet.

Ahora, sin embargo, parece que la directora de aquella inicial y tan prometedora Cosas que nunca te dije se ha reencontrado consigo misma con esta La librería, hermoso relato de resistencia y amor a los libros, basándose en la novela homónima de la británica Penelope Fitzgerald, obra que fue finalista del prestigioso Premio Booker, y que tiene reminiscencias veladamente autobiográficas, al haber trabajado la propia escritora en una librería, precisamente en la localidad donde se ambienta la novela y el film, Suffolk.

Reino Unido, hacia finales de los años cincuenta. Una viuda, en torno a los cuarenta años, decide montar una librería en una vieja casa de su propiedad. Sin embargo, la cacique del pueblo tiene otra idea, queriendo que el edificio se dedique a centro de artes, para lo que intenta apabullar a la mujer para que la ceda para ese fin, pero sin éxito. Entonces intentará conseguir sus objetivos por cualquier método: también los marrulleros…

Coixet, con buen criterio, nos cuenta su película “a la británica manera”. Es La librería muy “british”; por decirlo gráficamente, muy BBC, con una pulcra ambientación, no ostentosa pero perfecta. Pero, claro está, no sólo es cuestión de atrezzo, de decoración; los personajes también se comportan con esa delicadeza anglosajona que, tan frecuentemente, soterra internamente una corriente tempestuosa que, de vez en cuando, aflora a la superficie, en exabruptos que los exquisitos miembros de esta sociedad celosa de su clase, pero también corrupta en sus interioridades, no puede tolerar.

En un país tradicionalista hasta la abyección, en una población pequeña, donde la palabra de quien manda, de verdad, aunque lo sea en la sombra, es ley, oponerse a ello es firmar la (metafórica) sentencia de muerte física, el (real) certificado de defunción de la trayectoria vital y personal, para el caso el deseado proyecto de una librería en un páramo cultural, donde los libros que vende la protagonista, de Fahrenheit 451, de Bradbury, a la escandalosa (para la época: qué relativo es todo…) Lolita, de Nabokov, se convertirán en alimento espiritual para gente de toda laya, pero sobre todo para un viejo misántropo, alejado del mundanal ruido, que encontrará en la librera algo así como un alma gemela. La relación entre ambos, sutilísima, es oro puro, un diamante de 24 quilates, una perfecta manifestación de cómo se puede mostrar el amor sin amor, el sexo sin sexo, la pasión sin pasión.

Emboscada la protagonista por la villana de refinados modales, todo estará perdido; todo, menos la semilla que siembra, casi sin querer, en una arrapieza que apenas despunta a la adolescencia, a la que legará la mejor de las herencias: coraje, pasión por los libros y una bandeja esmaltada china.

Film exquisito, duro y doloroso en su último tramo, donde alcanza un voltaje dramático intensísimo, La librería es una obra de pasmosa actualidad: aunque ambientada en los años cincuenta, la depredación de la cultura sigue manifiestamente vigente, y el despedazamiento por el sistema de todo cuanto huela a intelectual sigue siendo la tónica de una sociedad a cuyos mandos se encuentra gente execrable, que hará cualquier cosa para que la gente no piense por sí misma; y lo malo, me temo, es que lo está consiguiendo…

Emily Mortimer, al frente del reparto, hace una notable interpretación, una composición muy matizada, una mujer fuerte y vulnerable a la vez, azotada por el destino en forma de incomprensión, de odio, por parte de la gerifalte de antaño (gracias, Valle), objeto de inicua traición, solo amada por sus parroquianos, por su lector predilecto, por su dependienta que no levanta dos palmos del suelo. Patricia Clarkson es la arpía perfecta, una mujer que hace su santa voluntad y tritura a quien se opone a ella, todo ello con una sonrisa de dama por encima del bien y del mal, de exquisita clase pero negra alma. Bill Nighy está espléndido en su papel, sutilísimo enamorado que no quiere enamorarse de nuevo, amante de libros que se convierten en su mundo, en su único mundo. La pequeña Honor Kneafsey, por fin, apunta excelentes maneras, una niña con un llamativo desparpajo ante la cámara que, si no se malogra como actriz, puede tener una carrera más que interesante.



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110'

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La librería - by , Nov 13, 2017
4 / 5 stars
Coraje, pasión por los libros y una bandeja china