C I N E E N S A L A S
La figura de Michael Jackson (1958 – 2011) es, qué duda cabe, una de las más importantes e influyentes del panorama musical de los últimos cincuenta años, alcanzando, como es obvio, categoría de mito, algo que se acrecentó con su precoz muerte a los cincuenta años, cuando era evidente que podría habernos dado mucho más de su incuestionable arte. Sobre su vida y su obra se han hecho varios documentales, como Michael Jackson's This is it (2009), de Kenny Ortega, que incluía los ensayos para la gira mundial que, finalmente, el astro de Gary, Indiana, no llegó a hacer al morir poco antes.
Michael se reputa como la primera vez que se pone en pantalla, con actores y actrices, un biopic sobre la vida y obra de Jackson, aunque limitado al período que va desde su infancia hasta el segundo lustro de la década de los ochenta, tras terminar la gira de su célebre canción Bad. Como es habitual en estos casos, tiene toda la pinta de que una segunda parte cubrirá, previsiblemente, desde esos momentos hasta su muerte, como parece indicar el rótulo final, “Su historia continúa”, aunque sobre eso los productores están jugando un poco al escondite, quizá para ir generando un “hype” que les beneficie. Claro que teniendo en cuenta las brutales cifras de recaudación mundiales en el primer fin de semana (227 millones de dólares, una barbaridad…), apostamos doble contra sencillo que habrá segunda parte…
La película, narrativamente hablando, está hecha conforme a los cánones clásicos, sin saltos atrás ni adelante, contándonos sucesivamente la historia de Michael Jackson desde que tenía 8 años, en 1968, y avanzando cronológicamente mientras vamos conociendo sus sucesivos éxitos, cada vez más grandes, desde que lo descubre el mítico Berry Gordy hasta que lo ficha la CBS, la poderosa productora musical a la que Jackson obligó a romper el techo de cristal de los artistas negros, consiguiendo que la MTV emitiera el videoclip de su tema Billie Jean, acabando con ello con uno de los grandes, y execrables, tabúes de aquella época, el anatema de que las cadenas “blancas” no pudieran emitir música negra. Veremos también otros hitos, como el rodaje del videoclip de Thriller, cuyo álbum tiene el honor de ser el más vendido de la historia de la música de todos los tiempos, un rodaje a las órdenes del entonces muy en boga John Landis, pero que viene a insinuar que Jackson fue determinante en su magnífico resultado, y no solo por su espléndida música, sino también por sus sugerencias para la filmación.
Pero el “leit motiv” de esta que podemos considerar primera parte (aunque, oficialmente, aún no haya noticia de que habrá segunda…) es, sin duda, la tormentosa relación que Michael mantuvo con su rígido padre, Joseph, quien, según el film, lo castigaba físicamente con correazos cuando los ensayos no se ajustaban a su desmesurado sentido de la disciplina. Ese tema se convierte prácticamente en “el tema” de la peli, hasta que Jackson consigue reunir el valor suficiente para, ya adulto, romper con su padre, al que Colman Domingo, su intérprete, consigue hacer realmente odioso (que es lo que se pretendía, claro…). Esta (más que probable) primera parte, entonces, está centrada principalmente en el dominio abusivo que mantenía el paterfamilias sobre todo el clan, un dominio que llegaba al abuso físico, con maltrato a los hijos y, más que probablemente, a su mujer, a la vista de alguna de las escenas en las que esto se sugiere.
Pero la peli tiene algunos problemas que son difíciles de soslayar, con independencia de su éxito comercial, que va de suyo, teniendo en cuenta que Jackson, tres lustros después de su muerte, sigue siendo un gigantesco mito mundial. Seguramente el más importante es el hecho de que entre los tropecientos productores ejecutivos (la moda del cine de hoy es que a veces haya más de éstos que de actores y actrices…) estén prácticamente todos los hermanos de Michael e incluso su hijo Prince Jackson, así que era improbable que en la peli hubiera ni un solo matiz negativo para el astro… matices que el lector conoce, pero que habrá que recordar, por si acaso, como las acusaciones (fundadas o no, vaya usted a saber…) de pedofilia con niños que alojaba en su residencia de Neverland. Bien es cierto que la película se acaba antes de llegar al primero de esos episodios (en 1993), pero es que aquí todo lo que vemos es bueno: su filantropía, ampliamente contrastada, visitando (y donando a) hospitales infantiles; su obsesión por Peter Pan, que le llevaría a llamar Neverland, el País de Nunca Jamás, al rancho que habitó cuando se convirtió en una figura mundial; también su proteica capacidad creativa para la música, el baile, el espectáculo en general. Esa presencia obsesiva de la familia en la producción determinará, entonces, que estemos ante una visión muy blanda de la (primera parte de la) vida de Michael. Habrá que ver la segunda parte, si es que finalmente se hace, como parece, pero nos tememos que tampoco hará ni por asomo, sangre, en el retrato del artista. Y los biopics edulcorados ya sabemos que tienden a la hagiografía, a la vida de santos, tan lejana siempre a la realidad y, por supuesto, al arte.
Solo el enfermizo miedo que tenía a su progenitor podría achacarse como negativo en el retrato de Michael, y en puridad ni siquiera eso lo es, porque solo revelaría un carácter extremadamente tímido, cosa por lo demás conocida, dada su aversión por las entrevistas y por cualquier tipo de exposición pública. Eso sí, aquí también se “blanquean” (y no es un chiste fácil) algunas de las extravagancias del mito, como ese progresivo blanqueamiento (ahora entienden lo del chiste…) de su epidermis, que en la peli se empieza a apuntar como una consecuencia de la enfermedad del vitíligo, que fue la causa a la que el artista atribuyó, en la famosa entrevista con Oprah Winfrey de 1993, el cambio de color de su piel, del negro afro al blanco restallante.
Tampoco parece que Antoine Fuqua fuera el director más adecuado para un producto como éste. Aunque se inició rodando videoclips, pronto pasó a la dirección de films de acción, haciendo décadas que no rueda con habitualidad audiovisuales musicales. Consecuentemente, a las escenas dramáticas les falta profundidad, resultan elementales, sin la fuerza que deberían tener. Mejores resultan, sin duda, las escenas musicales, en las que Jaafar Jackson, hijo de Jermaine Jackson y, por tanto, sobrino de Michael, lo interpreta, más convincentemente cuando canta y baila (resulta prodigioso el parecido con las “performances” del astro) que en las escenas dramáticas, en las que lo vemos bastante cohibido (y no solo en los enfrentamientos con el dominante progenitor del clan); quizá su falta de experiencia actoral (ésta es su primera película) ha influido en ello.
En conjunto, Michael nos parece una película un tanto irregular y ciertamente descompensada: unos números cantables y bailables muy buenos, a la altura de los originales que en su momento hizo el astro, pero también unas partes dramáticas poco entonadas, además con el lastre que ha debido suponer que el guionista y el director hayan tenido el aliento en el cogote de la familia Jackson al completo, sin duda temerosos de que los autores del film pudieran ensombrecer lo más mínimo la figura de quien, por lo demás, es uno de los más grandes artistas musicales de los últimos cincuenta años, un genio narcisista y atormentado.
(30/04/2026)
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