C R I T I C A L I A C L Á S I C O S
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Elliot Silverstein es un cineasta que quizá no cuente con demasiado predicamento entre la cinefilia. Componente tardío de la llamada “generación de la televisión”, que dio al cine profesionales de la talla de Sidney Lumet, Norman Jewison o John Frankenheimer, Silverstein es autor de un puñado de buenos films entre mediados de los sesenta y finales de los setenta. Fue el tiempo de esta divertida e iconoclasta La ingenua explosiva (1965), pero también de su mayor éxito, tanto comercial como crítico, Un hombre llamado caballo (1970), que encumbraría definitivamente a Richard Harris y tendría una larga lista de secuelas de decreciente interés; y también fue el tiempo de Asesino invisible (1977), que parecía beber en las aguas del entonces muy popular El diablo sobre ruedas (1971), de Steven Spielberg, pero que realmente tenía autonomía y valor por sí mismo.
Cat(herine) Ballou es una maestrita en el Lejano ...
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Disponible en RTVE/PLAY
[El lector interesado en la figura de Jane Austen puede consultar también los siguientes artículos publicados en Criticalia: los seis genéricamente titulados A un cuarto de milenio del nacimiento de Jane Austen: su obra en la pantalla, pulsando en los siguientes enlaces: I, II, III, IV, V y VI; y el titulado Escritoras en efigie: cuando las autoras son las protagonistas (V). Reino Unido: las hermanas Brontë, Jane Austen]
En enero de 1817, cuando ya se encontraba enferma, Jane Austen comenzó la redacción de su novela Sanditon, que dejó de escribir en marzo de ese año, para morir poco después, en julio. Lo escrito por Austen fueron solo 12 capítulos, apenas el planteamiento de la historia. El manuscrito no se publicó en su momento, quedando en herencia de la familia. Años más tarde, su sobrina Anne Austen Lefroy intentó continuarla, abandonando esa empresa finalmente, aunque en 1983 se publicó con el título Jane Austen's Sanditon: A Continuation by Anna Austen Lefroy. Por s ...
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21/10/2026
Los hechos
El 24 de octubre de 1929 se produce en Nueva York, en Wall Street, el que la Historia conoce como Jueves Negro, el comienzo de un vertiginoso descenso en la bolsa neoyorquina que tendría continuidad en los llamados Lunes Negro y Martes Negro. En esos tres días la cotización bursátil global cayó un 25% y, sobre todo, envió un mensaje de absoluta inseguridad al conjunto del país que hizo que se entrara en una fase de falta de confianza en la economía que, entre otras desgracias, provocó la pérdida del empleo de 100.000 trabajadores en solo tres días. Las consecuencias de aquel evento, conocido como el Crack del 29, se alargarían a lo largo de prácticamente un decenio, hasta finales de los años treinta, en lo que la Historia conoce como la Gran Depresión, un período de tiempo en el que el país cayó en barrena en sus niveles de producción industrial y empleo, convirtiendo de la noche a la mañana a amplias capas de clases medias en masas de indigentes.
La equivocada actuación de la Administración Hoover, en aquel tiempo presidente reinante (permítanme la metáfora, no tan desencaminada, aunque no sea una monarquía hereditaria…), no haría otra cosa que agravar el problema, al echar erróneamente más leña al fuego, creyendo que el estado no debía intervenir sino que había de ser el mercado quien se regulara a sí mismo. La creciente miseria de buena parte de la población llevaría en volandas a Franklin D. Roosevelt a la Casa Blanca en 1932, quien implementaría el programa que la Historia conoce como el New Deal (el Nuevo Trato), un ambicioso proyecto que inyectó grandes cantidades de dinero público para mejorar la situación de penuria de millones de norteamericanos, a la par que se establecía un gigantesco plan de obras públicas y la contratación como empleados públicos de, sobre todo, cientos de miles de jóvenes. Aquel formidable impulso enderezó la economía progresivamente a lo largo de la década, y sobre todo supuso un reame moral democrático para la población, en un tiempo en el que en Europa florecían ideologías antidemocráticas como el fascismo y el comunismo, con el evidente peligro de contaminación para el país.
Las películas
Lo cierto es que se suele decir, no sin razón, que el wéstern, las películas ambientadas en ese amplio período (casi todo el siglo XIX) que glosaron desde muy diversas perspectivas la conquista del Oeste, es el género norteamericano por excelencia, pero la verdad es que las películas que se ambientan sobre todo en la Gran Depresión casi podrían constituir un género en sí mismas, por la gran cantidad y variedad que se han hecho sobre el tema. Así las cosas, hemos tenido que ser muy selectivos a la hora de elegir un número razonable de t&iacu ...
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